miércoles, 10 de marzo de 2021

Mamá abrirá las ventanas



 Mamá abrirá las ventanas


“… mostrar una generación que fue destruida por la guerra, aunque escapara a las granadas”.

E.M. Remarque (Sin novedad en el frente)

 

Las botas se me hunden en el barro esta mañana, un lodo gris, hecho de orines y sangre. Dijeron que para Navidades los hijos de Francia regresaríamos victoriosos, pero no, esto no parece tener fin…, el frente prácticamente no se mueve; nuestro hogar son estas míseras trincheras. Mi nombre es Léo Bonheur, llevo solo unas semanas aquí y siento que ya no puedo más: asegurar las paredes, mantener los pasillos y refugios, lograr que los piojos y las ratas no te coman vivo, no volverse loco. No volverse loco, no volverse loco…

El sargento se detiene frente a mí. Me mira con una altivez impostada: ¿Qué hace soldado?, ¿ha terminado sus tareas?

¡Sí señor!

 El tedio es apabullante. También él puede hacer que un hombre pierda el juicio: las picaduras de las pulgas irritan más, la suciedad y el olor a muerte ocupan más espacio, y el miedo, el miedo te gangrena más deprisa. No sé si prefiero morir aquí sepultado en las trincheras o más allá de la alambrada, en la tierra de nadie. Desde luego, caer bajo las ametralladoras alemanas, o peor, quedar agonizando durante horas entre cadáveres me aterra sobremanera; pero pensar que un obús de los teutones me pueda arrancar los brazos o enterrarme vivo bajo estos parapetos, no sirve de alivio. Maldito tedio, ya se me está yendo la cabeza otra vez, no volverse loco, no volverse loco…

 Armand es un joven normando que se alistó conmigo. Fuimos juntos a la escuela; no me caía mal pero no llegamos a ser amigos. Acaba de pasar frente a mí cargando con desgana cajas de munición. Parece no haberme visto: no habla hace días, su mirada se ha vaciado, las manos le tiemblan casi todo el tiempo, si te diriges a él hace un mohín de molestia y sigue a lo suyo. La angustia nos acompaña cada segundo. También ella puede hacer que un soldado enloquezca. Despiertas y está ahí, cuando compruebas que todo esto no es un mal sueño; escuchas las descargas de artillería y ahí está, mientras rezas para que el impacto caiga un poco más allá; caes dormido y te acompaña también, una opresión ácida en el pecho, casi en la garganta, pues los sueños no son los del hombre en su vida como civil, son jirones de ansiedad y pesadilla. Sé que aquí moriremos todos aunque no nos maten. Dios mío…, no volverse loco, no volverse loco…

 La picadora de carne reclama su tributo. Los de las cocinas dicen que han oído que el Estado Mayor ha fijado el día para un nuevo ataque inútil. Después del agravio inicial, del fragor patriótico y las soflamas, un poso de sinsentido anida en nuestros corazones. El absurdo no se da tanta prisa en acabar con uno como el tedio, la ansiedad y el miedo, pero es igual de eficaz: termina por disolver los pocos restos de cordura que uno atesore. Desde las trincheras en primera línea y a la señal, ascenderemos por las escalas y nos lanzaremos a una muerte casi segura entre el silbido de las primeras balas, retumbar de explosiones, el crujir del mundo, las cortinas de tierra arrancadas a un suelo ya muerto que es torturado una y otra vez, avanzando entre cráteres, aullidos casi inhumanos, gritos sofocados por un ruido de fondo atronador, compañeros caídos, miembros sangrantes, gemidos sin consuelo posible, metralla inclemente volando de aquí para allá; hasta que llegue el silencio. ¿Qué estoy haciendo aquí madre mía? No volverse loco, no volverse loco…

 El día ha pasado sin novedad, como casi todos. Esta noche no me tocaba guardia pero he despertado antes de tiempo: una rata hurgaba bajo mis rodillas. El leve carraspeo del animal contra la tela me ha arrancado del sueño. Armand está a mi lado, sentado, no duerme, no habla, mira indiferente al roedor asustado que ahora dobla la esquina de nuestro agujero y se aleja en la oscuridad. Sí, definitivamente ya sé para qué estoy aquí: para no perder la cabeza a pesar de todo. Si sobrevivo debo regresar siendo yo, con lo que quede de mí. No hay más razón para todo esto. Me alegra el haber comprendido ya el sentido de mi sufrimiento, pues el ataque está fijado para hoy al alba.

 Desayuno frugal para entrar en calor y algo de licor para espantar el miedo; pero miro a la marabunta de hombres que nos disponemos a saltar la trinchera, y solo veo una masa de seres ateridos, mugrientos, aterrados. Una hora antes del crepúsculo comienza nuestra descarga de artillería. Las posiciones alemanas están a unos cien metros de nosotros, y se supone que el infierno que ya está desatándose sobre ellos facilitará nuestro avance. Un bretón a mi derecha que dice tener treinta y cinco años pero aparenta diez más, se atusa el bigote con parsimonia; sube al escalón de tirador y se asoma con cuidado: No sé amigo…, dice sin mirarme, ellos tienen mejores refugios que nosotros, tal vez les piten un rato los oídos. Los proyectiles parten desde varias millas a nuestra espalda, lacerando un cielo hastiado de guerra, y explotan delante de nosotros, tan cerca que creo sentir en la cara la tierra y el fuego.

 Está amaneciendo… La artillería ha callado un momento. Se escucha algún pájaro a lo lejos. El cielo está tan despejado que parece una bóveda de cristal. Echo de menos el verde de la hierba y de los árboles, las flores, los ríos, el trasiego de las gentes en las calles de mi pueblo. Pero este día es precioso; una ligera brisa acompaña los primeros rayos del astro rey que lo abrazan todo, indiferentes al paisaje desolado, al suelo gris y al alambre de espino, a los tocones de los árboles destrozados, a nuestra miseria… Un oscuro presentimiento me dice que los boches nos van a dar bien: en esta mañana de octubre una calma gélida se agazapa al otro lado de la tierra de nadie. Mi mano izquierda tiembla y me duele la mandíbula, a los lados, justo bajo las orejas: No volverse loco, no volverse loco, ahora no… Aprieto el fusil y entonces se oye el silbido, la señal de carga: ascendemos pesadamente por la pared y avanzamos por un paraje yermo, cuando los proyectiles de mortero comienzan a caer y las ametralladoras alemanas inician su siega, las ráfagas mortales que hacen caer a los primeros hombres. Armand se ha refugiado en un inmenso cráter. Le grito por su nombre pero se arremolina en posición fetal. Escucho su voz por primera vez desde hace tiempo: ¡Mamá!, ¡mamá!...

 

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Apenas puedo respirar ni ver a un palmo. El aire es oscuro y caliente, sabe a tierra, quema la garganta. Un pitido agudo me rompe la cabeza… Léo me mira a través del humo, desde el borde de este agujero. Su silueta se pierde y regresa. Parece gritarme algo, está desesperado, no sabe que él es solo parte de mi pesadilla. Pronto, mi madre me despertará, ¡arriba Armand, un nuevo día!, correrá las cortinas y abrirá las ventanas de mi habitación, tarareando cualquiera de sus letanías de infancia. En estos días el bocage normando está precioso; saldremos a pasear por la costa hasta la península de Cotentin, tal vez acabemos el día en un Café de Caen.

 Despierto ya, pero caigo en otro sueño. Mamá abrirá las ventanas de un momento a otro. Este sueño es muy diferente, un brillo como de plata lo enmarca todo, está tan limpio, hay tanta luz…, parece un hospital. Dos ángeles surgen de pronto a mi lado vistiendo unas ropas blancas, limpias y luminosas también. Me incorporo un poco y descubro con alegría que Léo está sobre otra cama muy cerca de mí. Los ángeles nos sonríen, nos ofrecen a la boca un caldo sabroso y salado. No puedo mover las manos, y noto cómo la sopa caliente cae por mí hacia abajo y me recorre una calma dulce. Uno de los ángeles toca un poco mi brazo, y siento un dolor, un pinchazo ácido en la piel. Echo una última mirada a Léo antes de caer dormido en mi sueño: se agita ahora como un gato mojado, grita pero su voz apenas llega hasta mí, lucha por liberar sus brazos y piernas; entonces el plato cae y estalla contra el suelo.

¡No! El ruido regresa otra vez pero no me alcanza, no me alcanza, pues ya estoy muy lejos. Pobre Léo, no sabe que es solo parte de mi sueño, que muy pronto mamá entrará en la habitación y abrirá las ventanas…


David Sánchez-Valverde Montero (Relato perteneciente al libro Casi extintos. Casi eternos)

Fotografía de Iñaki Mendivi Armendáriz.


viernes, 5 de marzo de 2021

Un gran malentendido

 


Un gran malentendido

 

Se agotan los días y desgranan los años,

acumulándose poco a poco lo vivido.

Se solapan los pleitos, rencores y daños

con amistades, familia y bien avenidos.

 

La vida es redundancia, confuso pleonasmo;

creo que dejaré todo tal como ha acontecido,

pues no hallo remedio que disipe el marasmo

y solo haré más ruido si enredo la madeja.

Así que adelante, y si la conciencia me deja

libaré de alguna flor el licor del olvido.


David Sánchez-Valverde Montero

 


martes, 2 de marzo de 2021

Azúcar y chocolate

 


Azúcar y chocolate

 

“Cuando nací un hada se inclinó sobre mi cuna y me dijo: No probarás más que una parte minúscula de esta vida y, a cambio, la percibirás entera”.

Christian Bobin (Resucitar)


Una meningitis fulminante casi me mató a los catorce años. Casi; no lo consiguió, pero quedé invidente. Me he manejado en la vida aceptablemente bien. Primero con ayuda de mis queridos y difuntos padres; más tarde con el apoyo ocasional de hermanos y amigos. Los últimos cuarenta años en la compañía de tres cánidos excepcionales. El tercero de ellos, Teo, todavía está a mi lado. Muy viejo, como yo, pero aún aquí. Un labrador dorado de pelaje marrón claro, como caramelo ligero, en la cara dos ojos siempre solícitos restallando de suprema bondad. Todo esto, claro está, no lo he visto nunca; pero lo dice a menudo el dueño de una churrería cercana a la que acudimos casi todas las tardes.

Ya se acerca la hora del paseo. Suelo estar yo entonces escuchando la radio o el televisor, o si tengo fuerzas leyendo en Braille algún libro. Teo se acerca, unos pasos leves, casi un chapoteo sobre el parquet, después su cabeza se restriega contra mi muslo, el hocico húmedo y su boca que buscan mi mano, la chupa con su lengua áspera, ronronea, finge que llora el muy bribón y mis dedos encuentran su costado caliente, vivo y palpitante, para luego acariciar su mullido cuello. Me incorporo y le coloco el correaje. Resopla de alegría, ladra un par de veces, se mete entre mis piernas, siento su ya deshilvanado pelaje aun a través del pantalón, casi me hace caer. Cuando recuerdo que es un privilegio tenerlo a mi lado, sonrío. Olvido hacerlo a veces, si la melancolía, sobre todo en invierno, se ha acumulado en mi pecho a esa hora crepuscular.

Como siempre, Teo gruñe durante todo el trayecto de bajada en el ascensor. Tranquilo…, le digo. No sirve de nada. Llegamos al descansillo del portal y tira un poco de mí, mi bastón revuelve las sombras, su puntero vibra en mi mano como un código Morse en la oscuridad. Alcanzamos la calle. Entonces, él se calma, me acompaña dócilmente y en silencio, una calma que nunca consigue equilibrar la avalancha de sonidos y sensaciones que me trae el exterior. Ya en el portal me alcanzaba una vibración atenuada, pero nada más abrir la puerta, se rompe la burbuja y todo accede de golpe. Me cuesta unos segundos encajar tanta realidad, tanto presente, tanto ahora. Inspiro, es otoño y el aire ya es frío, aunque no helador. Lo retengo un poco en el pecho pues me ayuda a recuperarme después de la conmoción, del impacto contra la ciudad. Teo espera a mi lado. Un viento ligero y húmedo se desliza por mi cuello, y la oscuridad comienza a esbozar formas, límites, a entregar sonidos, movimientos, vibraciones. La verdad es que hace muchos años que rara vez siento miedo; siento muchas otras cosas. Varios niños pasan correteando a nuestro lado, Teo da un casi imperceptible respingo, el aire que mueven me alcanza, sus voces infantiles se alejan y son sepultadas por el bufido del autobús que ha parado en la acera de enfrente, puede rescatarse el trino de algún pájaro si uno aísla los sonidos lo suficiente, pero el bus ya arranca, ahora un perfume dulzón que sigue a un rítmico taconeo lo vela todo por completo, para ser desplazado de golpe por el rugido incisivo de una moto que pasa cerca, demasiado cerca, un humo sucio me impregna la garganta. Alejémonos de tanto ruido, Teo.

Descendemos por un bulevar que se abre por un extremo a un amplio espacio de arboledas y jardines, surcado por caminos de gravilla que se entrecruzan, murmullo de fuentes de piedra y un manto de césped cuidado y fresco. Me siento en el tercer banco de madera tras el siseo líquido de la segunda fuente. La caída del agua apenas me alcanza, uno, dos, tres, cuatro pasos, un poco a la derecha mis dedos encuentran el reposabrazos metálico. Hemos llegado Teo. Apoyo la espalda y dejo caer mi mano derecha sobre la cabeza del perro. Aquí sí, en estos lugares soy capaz de abrazar todo lo que hasta mí llega, dejarlo revolotear y posarse sobre el lienzo de la vida. No me asaltan los sonidos, ni me golpea el aire, todo es, emerge y se desvanece en el silencio.

Últimamente el recuerdo de mis padres y mis hermanos se dibuja en mi memoria cada vez que acudo a este lugar. Sus voces me llegan nítidas, pero sus imágenes son poco más que un dibujo corrido. Los últimos días también me descubro con frecuencia pensando en ella: mi única historia de amor, hace ya casi treinta años, con una mujer también ciega. Sara… mis manos ascienden por su espalda hasta los hombros desnudos, la atraigo hacia mí, expira un éter cálido sobre mis párpados cerrados, su piel, la mía, ¿dónde termino yo?, ¿dónde comienza ella?, y volamos, volamos… Sé que si alguna vez he tocado a Dios, ha sido de su mano. En fin, se está haciendo tarde. Tomemos el camino de vuelta. Tenemos hambre, ¿verdad Teo? Prometo guardar algo rico para ti.

Muchos pasos antes de llegar, el aire se tiñe de grasa caliente, azúcar, cacao. Teo acelera ligeramente el paso. ¿Tú también lo notas eh? Tienes que quedarte aquí, ya lo sabes. Pero no te haré esperar a que yo termine; en cuanto me sirvan te saco un par de churros. Teo rezonga un poco. Abro la puerta de la churrería. Reconozco el olor a madera vieja y húmeda, el ambiente templado, acogedor, una marea dulzona y densa que me engulle rápidamente y lo ocupa todo. El murmullo que me rodea es mucho menos intenso que ayer. Por eso sería que no nos atendieron; y es que no me atreví a preguntar pues supuse que de tanto trabajo no daban abasto. Pero hoy no nos vamos a ir de vacío. Así que me acerco a la barra, mi bastón asegura el trayecto. Hola, buenas tardes. Nadie responde. ¡Hola! ¿Hay alguien? Silencio; solo aisladas voces en las mesas, sillas que chirrían un poco al acomodarse. ¿Por favor? Nada. ¿Será posible? Salgo fuera. Teo, creo que hoy tampoco tengo nada para ti. El perro responde con un gañido lastimero.

Permanecemos en un silencio extraño durante unos segundos. Inesperadamente Teo se levanta y gruñe sonoramente. Rrrrrr. Un ladrido estalla frente a nosotros, a muy escasa distancia. Teo responde ladrando a su vez. La algarada cubre todos los demás sonidos. Mi brazo retiene al perro, que pugna por lanzarse tirando hacia los lados. La tensión me recorre hasta el cuello. Una voz infantil, no sabría decir, de ocho o diez años, probablemente una niña, dice con toda la autoridad que le permite su tono aflautado: ¡Tor! ¡Déjalos en paz! Su can la ignora por completo y prosigue con sus ladridos. Teo sigue tirando, gruñe, sus patas resbalan, ladra con fuerza. La niña lo intenta: ¡Tor! ¡Ya te he dicho que…! Tranquila bonita, le digo sonriendo e intentando alzar la voz por encima del tumulto. Una voz de mujer irrumpe desde mi izquierda. Ana, hija, ¿qué hacéis? Es Tor, que no deja de ladrar a este señor y a su perro… Ana, ¿pero qué dices? Deja de jugar; ahí no hay nadie. Anda vamos, que llegamos tarde. Pasos que se alejan. ¿Pero no los ves mamá? Los ladridos declinan hasta que dejan de ser en la distancia. Teo gruñe todavía.

Nadie. No hay nadie…

Una luminosidad casi insoportable barre mis tinieblas de repente. Todos los colores toda la luz todas las formas, algunas reconocibles y otras extrañas para mí se dibujan sin descanso alrededor, se deshacen al instante siguiente y vuelven a aparecer. Entonces, el suelo se abre y resbalamos por una pendiente lisa, nos zambullimos a nuestro paso por breves estanques de color líquido, emergemos del azul y atravesamos el amarillo, después el verde, seguimos rápido hacia abajo y los colores nos embarran, nos salpican por doquier, Teo ladra alborozado, veo su pelaje por primera vez, teñido de violeta, de azul, de naranja, yo río como un niño y… ¡me veo!, mi ropa manchada de verde, rojo, marrón, caemos, caemos, un vértigo intenso asciende desde el pecho y estallamos juntos contra una acuarela insondable.

Teo lame mis lágrimas. Estamos de vuelta en nuestra calle, la churrería a mi espalda; puedo ver, y las cosas tienen casi el aspecto que imaginaba. Nadie nos mira al pasar. Todo a nuestro alrededor acontece como si no estuviéramos en este lugar. Empiezo a comprender…, parece que nos vamos Teo. Creo que ni tú ni yo debíamos seguir ya aquí. Mi compañero me mira. Era verdad, sus ojos se desbordan de bondad, y yo diría que también de alegría.

Inspiro profundamente, retengo el aire, quiero llevarme conmigo el azúcar y el chocolate.


(Cuento perteneciente al libro de relatos "Casi extintos. Casi eternos", David Sánchez-Valverde Montero. Ediciones Amaniel)


martes, 16 de febrero de 2021

Viajes, mapas, recónditos lugares

 



Viajes, mapas, recónditos lugares

 

Se acercó a la mesa de roble. Las gruesas columnas de lo que antaño latía en un árbol, sostendrían impasibles el peso de sus sueños. Desplegó varios mapas sobre ella. Los encontró fascinantes, como siempre, aun en su amarillo gastado, a pesar de las incontables marcas en el papel que señalaban la huella de los pliegues cuando después los doblaba y recogía.

Liberó la mente y a su mirada de la carga de las máscaras que velaban su alma la mayor parte de las horas. Recorrió con los ojos y las yemas de los dedos aquella piel hecha de lejanías, abismos y horizontes: ríos, lagos, mares y océanos fueron los primeros en seducir su atención con sus vetas azules algo desvaídas; luego sus manos descubrieron islas, algunas tan minúsculas que no había reparado en ellas en anteriores vuelos, tal vez feudos de silencio y olvido, arenas blancas nunca melladas por huella humana. Después su mirada topó con los límites de grandes extensiones de tierra, continentes aislados o hermanados en colosales abrazos tectónicos, quién sabe, tupidos bosques, montañas nevadas, inaccesibles. Cuevas profundas, umbrales sin dueño y sin nombre, desiertos abrasadores pero gélidos en la noche bajo las estrellas, torrentes de agua salvaje como arterias de vida desbocada, ciudades desconocidas, ni siquiera soñadas, con callejuelas de piedra y plazas henchidas de luz, palacios inmensos con jardines de cuento, vergeles de estrechas veredas que se abrían a fuentes centenarias; ¡y templos!, casi ocultos en remotas ubicaciones, donde las brújulas quedaban perdidas, con bibliotecas circulares que remontaban las alturas y amables maestros que escribían con pluma, para dejar que se posasen en el papel las señales del universo.

Pero él ya dormía, como solía sucederle: su pecho apoyado en la mesa, los brazos abiertos abarcando los mapas, su rostro ladeado parecía sostener una sonrisa, soñando en todos los lugares a los que nunca iría en esta vida, dejándose mecer por la sospecha de que de algún modo ya conocía esos sitios, todos los puntos sobre aquellos mapas que podía abrir ante sus ojos. Siempre que lo deseara…   

 

 

 

viernes, 20 de noviembre de 2020

Resistencia oblicua

 




Resistencia oblicua

 

Miró distraído hacia las alturas. Un pájaro con las alas abiertas parecía flotar, apenas un leve oscilar en su frágil equilibrio, casi fijado contra el azul celeste, sostenido por el aire invisible.

Intuyó entonces esa paradoja, comprendió con extrañeza y después con asombro: la única manera que le parecía viable para oponerse a la tiranía del tiempo, era soltar toda resistencia; deponer las armas y abandonarse a él, adoptar el gesto lento, la mirada calma y atenta. Esto al menos cuando fuese posible, en esos lapsos que también se dan, en los que no se hace imprescindible la premura y su ansiedad, aquellos en que no hay que correr por urgencia necesaria.

Así, suspender el fatigado vuelo, dejar que el cielo dispense, abrir alas y pensamiento. Que sea pues, que así sea.


David Sánchez-Valverde Montero

Fotografía: Iñaki Mendivi Armendáriz

miércoles, 11 de noviembre de 2020

A lo lejos


 

A lo lejos


Dejar de ser alguien.

Prescindir del escarnio, el halago,

del juicio ajeno, sus reproches y alabanzas.

Soltarlo todo, pasar en silencio

a tientas entre el ruido de las ondas,

a través de las señales y fulgores

de tantas imperiosas pantallas azules.

 

Levantar los ojos.

Reposar la mirada en cualquier lejanía.

Y así, quedarse dormido en uno,

ser luz de la tarde, montaña, nube,

siendo nadie.


David Sánchez-Valverde Montero

Imagen: Iñaki Mendivi Armendáriz 

domingo, 18 de octubre de 2020

El mal. PODCAST


Cuento publicado en la plataforma IVOOX en los pódcast "El Club del Relato" y "Cuentos y Relatos", así como en el blog "La Nebulosa Ecléctica". Muchísimas gracias a JM por su arte en la adaptación al audio. Relato compilado en el libro "Casi extintos. Casi eternos". 

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