sábado, 23 de octubre de 2021

El túnel ámbar


 

El túnel ámbar

“¿Alguien ha supuesto que es venturoso nacer? Me apresuro a informarle de que es tan afortunado como morir, y sé lo que me digo”.

Walt Whitman (Canto de mí mismo)


El túnel ámbar

 

Me dispongo a dejar estas líneas en papel, pues constituyen un legado que dudo que mis hijos resguarden. Tal vez lo transmitan (más bien lo comenten) en alguna ocasión informal, una reunión entre amigos o familiares, mayormente como motivo de broma o curiosidad, probablemente como el conjunto de desvaríos de un viejo. No me creen, nunca lo han hecho; pero no los culpo: este es un mundo sin dioses atestado de ciegos y sordos. Además, estoy casi seguro de que cada experiencia vital es casi intransferible; un esfuerzo generoso de empatía puede acercarnos el pulso de lo acontecido a otros, pero poco más.

Lo primero que siempre se dibuja en mi mente es una sensación poderosa: el calor en la mano de mi anterior esposa y compañera; lo poco que latía con fuerza en aquel escenario aséptico. Mis tres hijos de aquel tiempo iban y venían, mirándome siempre con mezcla de impotencia y pena, compartiendo torpemente conmigo al igual que la mayoría de las visitas, frases aprendidas, lugares comunes, rellenos forzados para espantar al siempre retornado silencio. Pero mi mujer no necesitaba nada de esto. Había aprendido a estar, solo a estar y ser a mi lado, desde hacía tanto que no sabría yo precisarlo. Me hablaba a ratos, sí, pero sus silencios decían mucho más: levantaban del suelo herido del presente polvo de recuerdos, de amor destilado por los años, soslayaban siquiera un poco la tiranía del tiempo en aquella blanca habitación de hospital, en la que todo se había detenido y condensado.

Yo era un viejo esperando en un muelle: la mortecina luz de la barca de Caronte no se adivinaba todavía entre la neblina, pero ya intuía que no se demoraría mucho más. Esta vez la parca paseaba inquieta a mi lado, no ya como algo anónimo que acontece a los otros, sino en forma presente, cercana, inaplazable. Sabía que no quedaba mucho, pues ya no me restaba nada por hacer, y sobre todo, el miedo casi constante que como una sustancia viscosa se adhería a mí desde hacía meses, se había casi desvanecido, siendo desplazado por una infantil curiosidad por lo que pudiera acontecer tras la muerte, cuando cayera el telón. Quizás hubiera respuestas o tal vez ninguna en absoluto; para el caso era lo mismo, si uno lo meditaba lo suficiente.

Recuerdo que en los últimos momentos, cuando todavía atesoraba una mínima lucidez pero ya empezaba a faltarme el aliento, nos encontrábamos solos mi mujer y yo:

¿Necesitas algo, corazón?, preguntó generosa al igual que si estuviéramos a solas en una playa infinita. La miré como a través de una fina tela gris que no me impedía observar las arrugas que lastraban su rostro; las mismas que no habían vencido ni a su voz ni a su mirada, los recónditos fulgores de la mujer que latía bajo la vejez. Ella también sabía que mi partida estaba cerca, pero la aceptación era una de sus virtudes, y no me abandonaría hasta el final.

Si puedes, no me sueltes ahora…, creo que alcancé a susurrar. Entonces, sus ojos se saturaron de lágrimas que intentó en vano contener, y mientras mi mirada descendía por su cara siguiendo el surco líquido del dolor, el espacio se fundió a negro con suavidad.

No sabría precisar el tiempo, a lo más mi experiencia temporal subjetiva, pues las referencias, la sucesión lógica, los espacios familiares y cotidianos, se desintegraron. Desde luego, no se trató de un tránsito largo, un puñado de minutos como mucho. Lo que considero que era mi consciencia, despertó nuevamente, avanzando con lentitud por lo que parecía un corredor de paredes anaranjadas, casi translúcidas, que despedían reflejos ambarinos al incidirles una luz remota y leve que parecía emanar del final del túnel. Mi primer movimiento fue comprobar la presencia de mi cuerpo, pero no hallé ni siquiera unos frágiles dedos con los que tocarme la cara, solo el espacio vacío donde deberían ubicarse. Mientras, el impulso leve pero incontenible continuó arrastrándome. Intenté abarcar más espacio en mi campo de visión, pero era muy limitado, apenas lo que discurría frente a mí y pequeños ángulos de movimiento visual en derredor y siempre hacia adelante, resultándome imposible mirar atrás. Supongo que ahí quedaría la oscuridad de mi mundo ya extinto. Poco a poco, embargado por ese sutil misterio hecho movimiento, en lo que supuse era el final de esta especie de galería, la luz se fue expandiendo hasta abrazarlo todo, anulando casi por completo el ámbar de las paredes, fundiendo el espacio a blanco esta vez.

Y entonces… voces superpuestas, ininteligibles para mí, otra luz pero esta diferente, cegadora, nuevos contornos, sombras, el roce, contacto nuevamente pues había piel, había cuerpo, y sentía frío, mucho frío… Y esto lo recuerdo bien: un gemido animal, un escalofrío, y el inequívoco despertar del llanto de un recién nacido.

Todo esto que relato ahora con cierta soltura rebasados largamente los sesenta años, empezó a filtrarse en mis recuerdos en plena adolescencia. Le he dado muchas vueltas, pero la razón no puede alcanzar las estrellas, y mis intentos por configurar una explicación lógica, aceptable y posible, son arriesgados y frágiles: tras un accidente en bicicleta cuando tendría yo alrededor de dieciséis años, creo que se rompió algo más que mi clavícula y mi muñeca. En mi lance de juventud, con ese aura inmortal, esa atracción por el riesgo, me fue imposible dar una curva pronunciada, y antes que en el asfalto, me dio tiempo a decantarme por caer en un campo sembrado. Creo que no llegué a perder el conocimiento, y tras unos segundos me incorporé, algo roto y magullado, levemente conmocionado, pero vivo. Las lesiones físicas cicatrizaron pronto, pero algo comenzó a esbozarse en mi memoria, en el relato de uno mismo que todos llevamos dentro. Primero se fue depositando en forma de sueños deslavazados, después como inesperadas sincronías y ocasionales revelaciones que se abrían paso ya de manera más sólida, imponiéndose con rotundidad, vívidamente, dispuestas a enraizarse en mi interior.

En fin, creo haber llevado una buena vida. Mi compañera no ha llegado a cansarse demasiado de mí, y mis dos hijos parecen quererme. Estoy seguro (todo lo que un humano puede estarlo) de que regresaré al ámbar. He intentado comunicar esta confianza a mi mujer, la cual dice creerme, aunque pienso que nunca ha precisado de mis iluminaciones para poder vivir. Mis hijos viven en un mundo que se me escapa, rodeados de gestos crispados, imágenes continuas y reclamos sin descanso. Sospecho que no me creen, aunque he procurado legarles esta serenidad, este aliento de calma con la que aplacar el miedo y la angustia, mi casi certeza de que los límites son fluidos, que el sentido se nos esconde, pero está ahí, muy cerca, que tal vez sea juego y sueño, aunque el mundo siempre esté en llamas.

De vez en cuando, siempre en fin de semana, mi hijo mayor se pasa a vernos. Recuerdo un día que me miraba con gravedad. Habíamos comido y un sutil sopor adormecía nuestros cuerpos. Sus ojos me escrutaban a través de la cortina luminosa que el sol filtraba por la ventana en una hora crepuscular. El tiempo se entretenía haciendo levitar las partículas de polvo en el casi ingrávido haz de luz: uno de esos instantes fantásticos en los que se intuye que se es eterno. Creo que él adivinaba que yo estaba pensando en el ámbar; sospeché que al menos en algunos raros momentos mi hijo dudaba.

Papá... muy a menudo tengo miedo… Se echó a llorar de forma incontenible justo al soltar la última sílaba, y su dolor me golpeó de lleno casi seguidamente, con una sacudida de malestar que se parecía a la culpa; que era culpa. Entonces, pensé en mi hija: ella era más alegre, más impermeable, más inconsciente; más feliz. Arrojados al mundo y al tiempo sin recordar casi nada: tan poco tiempo para aprender a vivir, para aprender a morir. Miraba él hacia abajo avergonzado, seguía sollozando pero ahora casi en silencio, pues solo quedaban ya en su alma algunos posos de dolor.

Debo parecer un idiota. Suspiró largamente. Es que cada vez con más frecuencia una angustia intensa me paraliza. El absurdo y la ansiedad me desbordan.

Empujé con el codo una pequeña vasija de arcilla hecha por mi esposa, en la que atesoraba mis canicas de la infancia. Rodó por el suelo mientras su contenido esférico tintineaba sobre el parquet, perdiéndose entre los pies de mi hijo y más allá, bajo las sombras de la mesa.

¿Me echas una mano? No ando bien de la vista últimamente.

El dolor pareció ausentarse por un momento de su cara mientras se arrodillaba junto a mí. Las viejas canicas iban restallando de vuelta en el pequeño cuenco. Así, tras unos segundos de atención y posturas algo forzadas volvimos a nuestros asientos. Él inspiró y soltó el aire sin hacer ruido. Le observé con calma ahora yo.

El sentido…, comencé. El sentido es aprender a estar para algún día saber ser, solo ser, y recoger las canicas con atención cuando estas se caigan, todas las veces que lo hagan, una y otra vez, pues intuyo que en buena parte no dependen en absoluto de nosotros. ¿Quieres que las vuelva a tirar?

No hace falta papá… Por fin sonreía. ¿Puedes contarme otra vez la historia del túnel?

Su madre apareció en el salón y se sentó a mi lado. Sus dedos entrelazados con los míos me trajeron de nuevo a la mente aquel hospital, junto a esa otra mujer, en contacto con el mismo calor.

El ámbar…, susurré. Yo era un viejo esperando en un muelle…



David Sánchez-Valverde Montero (Del libro de relatos "Casi extintos. Casi eternos". Ed. Amaniel 2019)

 

 

 

 

 

 

jueves, 23 de septiembre de 2021

Nada escapa a las Furias

 


A Hesíodo y sus Titanes, a Homero, a Helena, Aquiles y Héctor; donde todo empezó…

 

Nada escapa a las Furias


     Supe que el final estaba cerca. Al menos para mí en este mundo. Pero confiaba en que el pueblo lograse huir antes de que los aqueos arrasaran la ciudad o que en un impulso de piedad concediesen a Troya una derrota honorable. Pero mi corazón vacilaba por momentos y se hundía aterrado bajo la coraza de bronce: la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo, ya se habría desatado, y yo conocía bien las ambiciones de Agamenón como para esperar clemencia.

Me hallaba sentado al borde del lecho. Mi amada Andrómaca estaría amamantando al niño abajo en las cocinas. Decía que el ruido de las cráteras, los cucharones, las copas, los calderos… y la mezcla de olores de especias traídas desde más allá de Babilonia, tranquilizaban a nuestro hijo Astianacte. La vi reclinada sobre el niño, los escasos rayos de luz que se filtraban desde los patios inferiores haciendo de oro sus cabellos, la piel algo gris, el gesto cansado pero colmado de amor… Me miré entonces las manos. Las manos de un príncipe troyano: Héctor, el domador de caballos. Endurecidas tras diez años de lucha al otro lado de las murallas, desvaídas hebras de suciedad en la piel, tal vez sangre, propia o ajena. La noche anterior había caído rendido en el lecho, me sentí incapaz de sacarme la armadura, siquiera de lavarme, entre la fatiga y las tribulaciones. Apenas dormí: veía entre la bruma a una de las tres Moiras, Átropo, cortando el hilo de mi vida con su ponzoñosa tijera; Láquesis y Cloto la observaban severas. ¿Quién guio mi espada contra el pecho de Patroclo, el amado de Aquiles? ¿Hera, Atenea, el mismísimo Zeus portador de la égida? ¿Quién sostuvo mi mano en esa fatídica hora? No pude esquivar al Destino. Nadie puede.

Menelao es el Rey de Esparta, y jamás perdonará la afrenta de mi hermano Paris. Y aunque Afrodita nublara su juicio y al final lo hiciese, su hermano Agamenón ya nunca soltará su presa, la ocasión de someter a Troya y controlar los codiciados pasos a Oriente. Ya poco importaba; Aquiles, el de los pies ligeros, estaría entonces armándose y libando su furia, destilándola, concentrándola en el punto en que la mano cierra contra la espada. Me incorporé; no había tiempo para un baño, pero sí para derramar sobre mi cabeza un poco de agua tibia que en su huida acariciase mi pelo, los párpados, mis labios secos, para quedar luego en la batea devolviéndome el reflejo, un rostro movido, evanescente.

Me dirigí seguidamente al salón para comer algo junto a mis padres. Comprobé que Paris y Helena no habían bajado todavía de sus aposentos. Mi madre Hécuba, delgada, consumida por el dolor bajo unas finas telas celestes, se esforzaba en sonreír, en dar entrega de los últimos restos de esperanza que atesoraba; su cara, apenas iluminada por la luz dorada del collar que vistió en su boda. A su lado, presidiendo la mesa rectangular, Príamo, su esposo y mi padre, más viejo que ella, los ojos hundidos sobre la barba cana y espesa. Portaba su corona, en un fútil intento de sostener su majestad herida. Pensé que no nos moriríamos de sed; el río Escamandro se encargaría de ello y los pozos de la ciudad lo aseguraban. Pero ver a su gente pasando hambre mataba poco a poco a mi padre: familias enteras de un pueblo antaño orgulloso, arremolinándose en torno a los carromatos de racionamiento, los niños sucios, descalzos, ancianos abandonados y harapientos. Su mirada casi no podía soportarlo; a pesar de los sacrificios hechos por Apolo y de los incansables rezos a la Diosa del amor.

Apenas hablamos en la mesa ese día. El último día. Mi memoria me acercó entonces aquellos momentos, hace ya una década, en que Paris y la Reina de Esparta cruzaron la muralla por las Puertas Esceas. Marchaban resplandecientes sobre el caballo albo de mi hermano; Helena delante de él con las piernas a un lado, y la multitud se acercaba, fascinada por su belleza casi divina, ella, que sonreía tímida tras los sutiles tirabuzones de fuego que velaban un poco su rostro, dejándose mecer junto a su amor mientras ascendían a Palacio escoltados por la Guardia, siempre bajo una lluvia de pétalos que flotaba en el aire por momentos. Lo recuerdo bien, y no solo por el bello desfile, sino por la punzada de odio que sentí hacia Paris por haber arrastrado la guerra hasta nuestras puertas. Y Casandra, tampoco puedo olvidar a mi desdichada hermana, estremeciéndose, cayendo luego de rodillas a mi lado en el balcón, estirándose del cabello y huyendo hacia el jardín como si el mismo Cerbero la persiguiera.

Pero el odio hacia mi hermano no duró mucho en mi pecho. ¿Quién puede hurtar el designio y capricho de los dioses? ¿Quién puede escapar al Destino? Andrómaca me susurraba algunas mañanas, casi entre sueños, cansada y desesperada: Héctor, abandonemos la ciudad junto a nuestro pequeño. Sabía al igual que yo que no era posible; las Furias nos hubieran perseguido hasta el mismo Hades. Y nos habrían dado caza.

¡Héctor! ¡Héctor! El eco de la voz de Aquiles recorrió los callejones de la ciudad. Llegó hasta mí y me alcanzó. Sabía que el mirmidón apenas podía contener la furia en el pecho. En ese mismo instante estaría mirando hacia las almenas, con sus ojos claros bajo el yelmo crestado de azul, los mechones rubios asomando por detrás; tal vez en su soberbia sedienta y desesperada ni siquiera se habría calado la armadura, su espada oscilando al calor del mediodía. Entonces, mis padres me miraron aterrados pero no dijeron nada, no podían: sabían al igual que yo cuál era mi deber. Toda una vida preparándome para ese momento. Me levanté pues, y a medio camino de nuestra habitación me topé con mi esposa Andrómaca en la escalera; Astianacte, nuestro hijo, yacía dormido, ahíto en sus brazos. Pasé a su lado y me siguió con el niño. Estuvo junto a mí en el instante en que oré a Apolo, a mi lado mientras me ceñía bien la coraza de bronce, vestía las relucientes grebas y me calaba el yelmo con el penacho rojo de crin de caballo. No dijo nada; tampoco podía. Nos abrazamos, el vástago dormido entre nosotros, con pequeños besos descendió ella por mi cuello. No era capaz de mirarme a la cara siquiera. Nos separamos y quedó allí, inmóvil, con sus ojos derramados por el suelo entre una pena infinita.

En Palacio reinaba un silencio extraño, suspendido sobre una espera dolorosa e incómoda. Nadie me salió al paso ni intentó detenerme. La Guardia abría sus lanzas entrecruzadas cuando me veía llegar. Alcancé el exterior. Descendí rápido el tramo que me separaba de las murallas. Algún carro se apartaba y levantaba un polvo seco y amarillento, las voces de niños que correteaban en torno al pozo; y las gentes, mi pueblo acercándose tímidamente, saliendo de sus casas, de los estrechos callejones, para hacer un pasillo a mi alrededor de miradas temerosas, apenadas, pero también sostenidas por un orgullo de piedra. De repente encontré los ojos de mi hermana Casandra entre la multitud. Ella lo sabía; sabía tantas cosas, desde hacía tanto tiempo… Nos despedimos con la mirada.

¡Las puertas!, ordené a la Guardia. Salí por fin a la explanada de arena frente a las murallas de Troya. Ahí estaba el hijo de Tetis, Aquiles, respirando agitado, la boca entreabierta dejando desnudos unos dientes que solo anhelaban venganza, su cuerpo perfecto y armónico, en un equilibrio destinado solo a los semidioses. Su carro yacía caído de lado a su espalda; él mismo lo había guiado, tal había sido su ímpetu. Como yo adiviné, no portaba armadura, tan solo dos cintas de cuero cruzaban su pecho: mi lanza de fresno buscaría en ese lugar su piel. No necesité situar el sol a mi espalda, pues a mediodía caía derecho sobre nuestras cabezas y ni siquiera las sombras nos asistían. Me giré hacia las murallas: los Reyes de Troya, mis padres, me observaban solemnemente. A un lado Paris y Helena miraban hacia abajo; sus hombros parecían pesarles. Justo antes de encarar al griego mi mirada se entrelazó con la de Afrodita, a la que creí ver llorar al lado de mi padre. Ni siquiera los divinos pueden soslayar al Destino… Sentí entonces un miedo intenso, que hormigueó entre mis dedos empujándome casi a dejar caer el escudo. Pero en ese mismo instante escuché la voz de la Diosa del amor en un susurro: Héctor, mi más valiente príncipe, nunca claudica, contra los vientos arremete.

Sin más demora arrojé mi lanza contra Aquiles. Se inclinó hacia adelante y pareció buscarla con el rostro. El proyectil resbaló por su carrillera, marcando el yelmo y erizando unas chispas de fuego que murieron en el aire. Se escuchó un rumor entre las bien dispuestas filas de aqueos que asistían al combate. El griego tiró su yelmo al suelo con ira y en alas de un rugido insoportable se abalanzó sobre mí. Desenvainé y dispuse el escudo. Asestó varios golpes sin descanso sobre él; tan rápidos y terribles que no encontré fuerzas para soltar estocada alguna, pues todo mi ser se agolpaba en el brazo que soportaba el escudo, reteniendo penosamente la furia del héroe, como si intentase casi en vano aguantar cerradas las puertas del Érebo.

Eché la rodilla al suelo y creo que entonces Apolo vino en mi ayuda, pues tras una brisa fresca sentí el empuje renovado en la mano que sostenía la espada. Aprovechando el eco de su último golpe me escurrí hacia su costado y le alcancé de tajo bajo las costillas. El semidios también sangraba; y tal vez pudiese morir… Se miró Aquiles con un gesto de desprecio el corte sangrante que ya teñía su cadera, pero antes de lanzarse otra vez contra mí, suspiró pesadamente y sonrió satisfecho.

¡Al fin un oponente de valía!, vociferó mirando hacia los cielos.

Aún soportaron mis brazos incontables encuentros con su metal, y sudó y sangró también el héroe griego; pero las Moiras ya se encontraban inquietas y su mirada hacía tiempo que estaba en mí fijada. En mi hora postrera, cuando toda la muralla se estremeció y Aquiles venció el bronce bajo mi corazón, los dioses quisieron que pudiera ver en el fondo de los ojos del Pelida, el hilo de su sino, confundido con el mío desde siempre, atrapados ambos al final en un nudo inquebrantable. Aquiles me miró entonces, y su voz era calmada: Gracias troyano. Nos vemos en el Hades…

 

                                    ***********************************

 

Astianacte arroja cantos rodados al Aqueronte. Aquí el tiempo no significa nada, y el río no fluye, es el lomo de plata de un león dormido. Oigo un chasquido a mi espalda (¿Será al fin mi Andrómaca amada?): una figura alta y encapuchada, cubierta por un manto gris que solo deja ver las sandalias, se acerca con prisa sin dejar de mirar hacia los lados. No siento miedo; ¿qué puede ya pasarme? Se descubre entonces frente a mí: sé que es Apolo. Aquí abajo no parece un dios; no reluce, no emana poder y sus gestos son los de un hombre asustado.

Saludos, Héctor. Si Hades me descubre en sus dominios montará en cólera y deberé responder ante Zeus, dice rápidamente sin dejar de vigilar su espalda. El niño se ha girado un momento pero sigue feliz a lo suyo.

¿Qué deseáis, mi dios?, pregunto haciendo una reverencia. ¿He dejado algo desatendido en la tierra de los vivos?

No, querido Príncipe de Troya. Solo he venido hasta aquí para decirte que a lo largo de milenios un poeta cantará tus pasos, y tu nombre atravesará el tiempo con no menos ímpetu que el de Aquiles.

¿Es eso cierto?

Tan cierto como que el griego también morará aquí más bien pronto que tarde, contesta el dios.

No deseo gloria. Ya no. Tuve todo lo que anhelé.

Lo sé, Héctor, lo sé.

No puedo reprimir una sonrisa, mientras Apolo mira a su alrededor y se funde con las sombras.



Cuento incluido en Casi extintos. Casi eternos.

Fotografía de Iñaki Mendivi Armendáriz

 

 

 

 

sábado, 21 de agosto de 2021

Esencial

 


Esencial

 

Ventanas al dolor.

El mundo te cerca y somete, te hiere.

El horizonte se oculta tras un espejismo

de humo ardiente y sueños dislocados.

 

¿Este abismo y nada más?

 

¡Vuelve, vuelve a lo esencial!

Regresa rauda, embóscate:

en el vital latido, la respiración,

en esa no acción, este ahora,

y todo lo que entregan tus sentidos.


David Sánchez-Valverde Montero

 

 


miércoles, 12 de mayo de 2021

Mare nostrum. PODCAST

 


Relato narrado y ambientado en formato audio en los pódcast 'Cuentos y Relatos' y 'El Club del Relato' en la plataforma IVOOX, así como en el blog 'La Nebulosa Ecléctica'.

miércoles, 5 de mayo de 2021

La veta plateada




 La veta plateada

 

Es pequeño, sí, susurró mi compañera sin mirarme, pero no se engañe, es el río de los ríos, la veta plateada más bella.

 

La veta plateada

 

Despierto en un tren que parece atravesar un túnel, justo antes de que emerja en un gigantesco andén. Muchos de los viajeros ya están en pie, mirando con ansiedad por las ventanas, otros acaban de despertar desconcertados. Las puertas de uno de los costados del vehículo se abren al unísono, me levanto, sigo al numeroso grupo de pasajeros que ocupan mi vagón y comenzamos a derramarnos por una estación inmensa, inabarcable, su altura casi se pierde en la distancia. El gris lo ocupa todo, menos los trenes, que son blancos, con un brillo metálico agradable a la vista, y surcados longitudinalmente por ambos lados con líneas de color vivo. Mis pies quieren seguir a alguien que parezca saber a dónde ir, pero los reprimo pues nadie lo parece; mucha gente se mueve, sí, algunos aisladamente, otros en columnas apretadas, pero estoy abrumado, como paralizado en este gran espacio cerrado, con el ruido constante de las estaciones importantes: sonido de trenes que llegan y parten, pasos, carreras, un cuchicheo impenitente, algún grito aislado, una anodina y casi imperceptible música de fondo. No todas las almas que me rodean están en movimiento; también hay salpicadas aquí y allá algunas gentes que sentadas miran a un vacío que solo ellas conocen, o dormitan sin saber decidirse o habiéndose decidido a no hacerlo.

Estoy ahí, mirando hacia un gigantesco panel informativo que pende del techo: innumerables trenes, horas de partida y llegada, pero ningún destino, ningún lugar reconocible al que ir. Una punzada en la boca del estómago me impele a decidirme ya, a tomar un tren, ya que el siguiente podría ser el mío, o ser el último, y quizás no tomarlo haría que me pudriese en una espera infinita. Un altavoz da el último aviso para el vehículo que dormita a mi izquierda; es idéntico al que nos trajo hasta aquí. Entonces, una muchedumbre tan angustiada como yo me arrastra al interior de un vagón. Ahora estoy en el suelo, aturdido, cuando las puertas cierran y una sutil vibración delata la partida. Arrastro mis huesos hasta una ventanilla en un pequeño compartimento. Al otro lado del cristal, a lo lejos, un hombre de entre los que acunaban su hastío mirando a ningún lugar en la estación, posa sus ojos sobre mí. Y veladamente, sonríe.

A través de la ventana veo cómo penetramos un nuevo túnel, y tras varios minutos salimos fuera horadando un paisaje casi de planicie, de verdes campos y breves bosques, salpicado con algunas ondulaciones, suaves colinas que no impiden atisbar el horizonte. Me acomodo en el asiento y levanto la mirada para descubrir frente a mí a una única pasajera, una mujer; tendrá unos sesenta años, cabello muy corto y entreverado de canas, tras unas gafitas redondas se adivinan unos ojos claros e inteligentes, respira bajo un vestido verde manzana hasta media rodilla. Mira a través del cristal, sonríe levemente y brilla, toda ella, resplandece de alguna manera, irradia una alegría serena, un aura paciente y sabia. No quiero hablarle todavía y miro en derredor por primera vez tras el tumulto de la partida. El interior es muy diferente al del primer tren: cálido, acogedor, antiguo pero no gastado, maderas suaves, sillones de terciopelo rojo, luces atenuadas, puertas con asideros dorados. Y yo, extrañamente, no siento miedo, solo una gozosa curiosidad, el ligero interrogante de alguien que cree no tener mucho que perder.

Observo a mi acompañante: es menuda, sus sobrios zapatos rojos no alcanzan el suelo. Cuando voy a dirigirme a ella se me adelanta:

¿No cree que es maravilloso?

Son unas vistas bonitas, sí, contesto ligeramente cohibido.

La mujer prosigue alegremente: No solo las vistas, fíjese en el tren, no hallará un detalle descuidado. A decir verdad la estación podría mejorarse, un poco sórdida para mi gusto, además toda esa gente desorientada…

¿Sabe a dónde nos dirigimos?, pregunto.

Me mira por encima de las gafas y sonríe, en un gesto a medias entre el misterio y la coquetería: Quizás no debería contarle esto, comienza bajando un poco la voz. Pero, sabe, he sido yo la que rompí el hielo, así que supongo que lo haría por algo: vamos hacia la gran pradera.

La gran pradera…, susurro como para mí mismo.

Sí, bueno, continúa mi compañera de viaje. Hice alguna trampa la última vez. Nadie me lo impidió, tal vez no se percataron, quizás lo consintieron… quién sabe. Cuando lleguemos, y ya no falta mucho, no se separe de mí.

Quiero seguir indagando, pero la mujer menuda regresa a su alegre contemplación del paisaje. Apoyo mi espalda en el respaldo, inspiro y vuelvo a comprobar que no tengo miedo; es como si ese sentimiento hubiera sido borrado de entre mis emociones. La mujer sigue reflejando una agradable frescura mientras mueve ahora sus cortas piernas, con los pies dentro de los minúsculos zapatos rojos. Entonces, el tren comienza a perder velocidad. Miro por la ventana con cierta ansiedad, pero no alcanzo a distinguir nada que rompa la simetría del paisaje, ninguna estación, edificio ni estructura, tampoco personas… Finalmente nos detenemos por completo.

¡Hemos llegado!, exclama mi compañera, a la vez que se incorpora de un saltito con una inesperada gracilidad.

Descendemos de los vagones lentamente, todos por el mismo costado, pues las puertas del otro lado están cerradas. Ahora puedo escrutar el exterior del vehículo, para comprobar alucinado que se trata de un tren completamente diferente al que partió de la estación; de aspecto clásico, con una locomotora humeante de un negro casi brillante en cabeza y una decena de vagones metálicos pintados de azul cobalto; tal como el interior, todo se muestra impoluto y radiante. Cuando miro a ambos lados nada más pisar el suelo, una enorme masa de personas ha bajado ya, y lo siguen haciendo al igual que un fluido vivo y espeso. Las miradas ahora son de desconcierto y espera, algunas también de angustia; únicamente la mujer del vestido verde parece relajada. Siento un calambre de asombro cuando me coge de la mano, y tirando de mí con decisión comenzamos a ascender el montículo que se yergue frente a nosotros, a escasos metros de ese andén invisible. Todos los demás nos siguen, tal vez por miedo, por puro gregarismo o a falta de ninguna otra guía. Lo cierto es que tras la punta de lanza que formamos mi alegre compañera y yo, el resto de pasajeros se arremolinan en una estela sobre la hierba como las aves migratorias en los cielos. Así, alcanzamos la parte más alta de la colina; la mujer me mira con una alegría que sobrepasa su sonrisa:

Ahí está, dice casi en un susurro.

El paisaje de leves ondulaciones y praderas se extiende hasta el horizonte inasible, bajo un cielo tan azul como en algunos días de verano. No se ve al sol por ningún lado y la luz parece emanar de la propia bóveda celeste, entre un puñado de nubes maravillosamente algodonadas. Tardo unos segundos en percatarme de lo que la mujer señala: a no mucho más de cincuenta metros de nuestros pies, se adivina el curso de un pequeño arroyo, pues la vegetación a sus lados se hace más alta y densa, de un verde entreverado de otros verdes y trazas doradas.

¿Se refiere al arroyuelo?, pregunto.

Es el Leteo, añade emocionada. No estaba del todo segura si volvería a verlo.

El Leteo…, mascullo torpemente.

Entonces, el gentío se nos adelanta. Comienzan a descender la pendiente, algunos dejan ir exclamaciones de alborozo, otros trastabillan un poco sin llegar a caerse. Las horas de viaje han entumecido los cuerpos, y la temperatura templada en el interior del tren parece haber despertado la sed en todos. Los primeros que han alcanzado la ribera del arroyo ya se agachan para beber, intento dar un paso cuando inesperadamente la mujer de las gafitas redondas me retiene todavía sin soltar mi mano. Yo también siento sed, pero no me atrevo a zafarme de aquella alegre y enérgica mujer menuda. Los que ya han probado las aguas dejan su lugar a otros y comienzan mansamente a subir la colina que cierra el pequeño valle por el otro lado.

Ahora, ordena la mujer con suavidad.

La sigo hasta la orilla del Leteo. Libera mi mano cuando llegamos y dice: No beba, solo enjuáguese.

Compruebo que nadie parece vigilar al heterogéneo grupo de hombres y mujeres de muy diversa edad que recorre las praderas, y la gente que nos rodea parece ir a lo suyo, calmos y cansados en sus gestos y maneras. Hago como me dice: el agua es fresca pero no gélida, discurre apaciblemente revelando como el cristal un fondo azul de pequeños cantos y plantas acuáticas. No se ven peces ni se oye sonido alguno de aves o insectos; solo un sutil siseo de fluir líquido en el cauce, y ahora nuestros pasos y aislados suspiros de gozo de los que beben en las aguas.

Comenzamos la ascensión entre el último grupo. Al llegar arriba descubrimos otro valle algo más pequeño que el primero y un nuevo tren que resopla allí abajo, igual al que nos ha traído hasta aquí. Algo dentro de mí comienza a comprender, o tal vez a recordar… Los viajeros empiezan a subir a los vagones, sin prisas y en un silencio solo traspasado por los bufidos de la locomotora que ya quiere partir.

La mujer del vestido verde habla sin mirarme: Regrese tranquilo. Esta vez recordará.

¿No viaja conmigo?, pregunto, adivinando de antemano la respuesta.

Ahora sí, me mira plácidamente: No. Pero volveremos a vernos. Esperaré al siguiente tren. Quiero descansar un poco aquí, junto al Leteo.


David Sánchez-Valverde Montero (Incluido en el libro de relatos Casi extintos. Casi eternos)


martes, 13 de abril de 2021

Primigenio


 

Primigenio

 

En silencio, se dejó caer junto a su abuelo. Pensamientos como yunques lastraban su mente: monstruosas obsesiones, espirales de tristeza y tribulación, vuelos en círculo, reincidencias de la memoria, de los afectos y la costumbre.

No eres solo lo que transita por tu cabeza, le dijo el anciano. Eres también el hijo de eones de historia cósmica, consciencia hecha de elementos primigenios, de polvo estelar. Eres el fruto de colosales reacciones, luchas titánicas y equilibrios improbables entre la materia y fuerzas invisibles.

            El joven miró entonces hacia las alturas. Sintió un vértigo de gozo al confiar en lo que su abuelo le contaba. Tal vez sus raíces abrazaban un infinito; más allá del profundo azul.


David Sánchez-Valverde Montero

Janis me habla


 Janis me habla


“Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo”.

“Si no puedo doblegar a los dioses del cielo, conmoveré a los del infierno”.

Virgilio (Eneida)

 

Parecía una persona normal. Creo que como yo, rebasaría por poco los cincuenta años. Vivíamos en el mismo edificio de cinco plantas, en un cuarto piso, y su puerta se hallaba a unos escasos tres metros frente a la mía. Solo había dos inquilinos por cada rellano, así que si se quería, uno llegaba a conocer un poco a su vecino de escalera. Por aquel entonces, aquel hombre llevaría unos tres o cuatro meses residiendo en el bloque. En nuestros fortuitos encuentros de portal y ascensor iba compartiendo al igual que yo mismo, aspectos de su vida, generalmente aprovechando un comentario relacionado, algún tema que diera pie a lo que decía. Por eso pronto supe que vivía aquí desde su separación, trabajaba eventualmente de bibliotecario en un centro municipal, que sus dos hijos eran casi adultos y uno de ellos estudiaba fuera. Me contó que el pequeño vivía con su exmujer, con la que decía mantener una relación aceptable. Nunca supe qué sería aceptable para él, pues esa palabra me parece que no significa lo mismo para todos; es casi como no decir nada.

Estaba alquilado, pero poco tiempo antes de que empezara a comportarse de manera extraña, me confesó que últimamente apenas le daba el dinero, y que probablemente se tendría que mudar a una habitación. Recuerdo bien el día en que todo comenzó, porque mi mujer y mi único hijo habían salido juntos de viaje el día anterior. Adoraban las iglesias antiguas, las catedrales, el arte medieval, en fin, todo lo relacionado con esos temas. Yo tenía mucho trabajo en la universidad en esos días, pues ejerzo de profesor de Filosofía y a pesar de que mis alumnos son escasos, varios de ellos estaban preparando la tesis, profundizando si cabe más en estos inútiles saberes. En el fondo me sentía casi feliz ante la idea de estar solo durante una semana.

Aquel día ese hombre delgado retuvo la puerta del ascensor en el último momento y se apoyó contra un lado nada más entrar. No saludó, lo cual me extrañó. Sonrió de soslayo y pareció acomodarse en una tristeza lejana. Al llegar abajo y antes de que alcanzáramos la puerta del portal, dijo tras de mí en un tono casi inaudible:

¿Sabes? Janis me habla.

¿Cómo dices?, pregunté, creyendo no haber entendido.

Sí; el disco gira y Janis Joplin me habla, me dice cosas.

Su mano derecha temblaba un poco, pero el resto de él, su pose, la mirada, su voz, no parecían alteradas.

¿A ti? ¿Qué cosas?, inquirí un poco asustado.

A pesar de no mostrarse amenazante, el acecho de la violencia y la locura siempre me ponen nervioso; no sé bien cómo manejarlas. Intento contenerlas en los márgenes del escenario pero ineludiblemente siempre asoman, reaparecen de improviso. Habitualmente mi vecino no tenía buena cara, de normal algo ojeroso y con la piel cérea. Pero ese día sus ojos aparecían un poco más hundidos, y la incipiente barba bajo su cabello oscuro y graso le daba un aire macilento y triste.

Me avisa que ha llegado el momento, contestó mirando hacia el suelo. Yo le digo que hace mucho frío ahí fuera, pero ella sigue cantando y diciéndome cosas: entre estas paredes también hace frío, me repite una y otra vez. Me miró brevemente a los ojos y salió a la calle. No sé dónde iría, no lo dijo, ni siquiera se despidió, creo que en ese momento no trabajaba.

Al día siguiente volví a verle. El inicial sentimiento de felicidad ante la partida de mi mujer y mi hijo, y la perspectiva de la soledad y la libertad, habían menguado considerablemente. Lo cierto es que nunca me ha resultado fácil llenar los días, y a mi medio siglo de existencia todavía no he aprendido a caminar por el mundo sin un trasfondo de ruido, intenciones, deseos y objetivos. Él estaba sentado en un banco cercano, bajo un sol radiante que lo ocupaba todo en los inicios de la primavera. Me acerqué con una tímida precaución, pero me tranquilizó de inmediato no adivinar crispación en su cara, bañada por la luz, su aspecto limpio y sosegado. Tenía los ojos cerrados y no parecía haber sentido mi cercanía, pero repentinamente dijo en un tono bajo y sin mudar de expresión: ¿Sabes? Desde que era un niño, cuando miro al cielo en las noches despejadas, siento una especie de asfixia. No sé, es un abismo, me oprime, me aplasta, me falta el aire. Me veo a mí mismo como a uno de esos peces anaranjados, en una pecera a cada segundo más pequeña, y más allá del cristal un vacío oscuro, sin forma, sin límites. Tengo que pensar en otra cosa o comienzo a marearme.

Me recorrió un escalofrío, como suele ocurrirme cuando uno de mis propios miedos es relatado por otra persona.

Yo también he sentido algo parecido a veces, asentí. Pareció agradecer mi empatía, pues abrió los ojos y me miró con una media sonrisa.

Gracias por haberme escuchado. Poca gente lo hace de veras.

No dijo nada más. No se giró ni una vez. Enfiló la calle pero en dirección opuesta a nuestro edificio. No circulaban muchos coches y los transeúntes eran escasos a aquella temprana hora de la tarde. Lo seguí con la mirada hasta que cruzó la calle y su figura se perdió entre la arboleda de un parque cercano. No lo sabía yo entonces, pero se había ido de verdad, al menos por una temporada. Mi familia regresó, mi semana en soledad fue polvo de olvido tras unos pocos días y nuestras rutinas lo volvieron a ocupar casi todo, devolviéndome, si es que por algún momento la había llegado a extraviar, mi soportable infelicidad.

Al principio no me extrañó demasiado no ver a mi vecino, pues nuestros encuentros a veces se espaciaban por bastantes días. Pero en las últimas dos semanas antes de su reaparición, pensaba en él con frecuencia y a punto estuve de llamar a su puerta. No hizo falta, pues aproximadamente a los dos meses de su partida volvimos a vernos, en el mismo banco de aquella tarde primaveral. Regresaba yo de la universidad, algo embotado tras la jornada y el calor de los primeros rigores estivales. El sudor pegaba mi camisa a la piel de la espalda, y cuando casi había llegado al banco donde aquel hombre se encontraba, me percaté de que la hora de nuestro anterior encuentro había sido prácticamente la misma; solo que en este último la ausencia casi total de ruido, gentes y movimiento en derredor causaba una extraña suspensión del tiempo, paralizado en aquella atmósfera de calor y luz, como si nada existiera en el mundo ajeno a nosotros dos y aquel escenario.

Me vio llegar, sonrió y levantó una mano a modo de saludo. Pensé entonces que todavía se veía más delgado, aunque su habitual palidez había sido sustituida por un saludable tono rosado.

¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Has estado fuera?, pregunté a la vez que me sentaba a su lado.

He estado lejos, contestó mirándome a los ojos. Janis terminó por convencerme. Caminé sin saber adónde, aunque una parte de mí parecía saberlo. Anduve hasta que no pude más; no porque me faltase el aliento, sino porque ya no era posible dar un paso adelante.

No te entiendo, ¿a qué te refieres?

Se tomó unos segundos antes de hablar: Supongo que no es cosa de entender. Yo mismo tampoco lo comprendo del todo. Solo puedo contarte lo vivido.

No dije nada, pues nada tenía que decir. Únicamente lo miré expectante.

¿Sabes?, continuó. He estado caminando durante semanas. Tantos días, tantos pasos, que llegué a olvidarme de mí mismo. No sé explicarlo bien. A los pocos días el cansancio me abandonó. Sentía que mis pies fueran tierra, que mi cuerpo casi no pesaba y era poco más que un viento ligero. Paraba en algunos lugares a comer algo y continuaba caminando. He dormido al raso, sin más compañía que el cielo y los ruidos de la noche. La verdad es que a veces pasé miedo y frío, sobre todo en la oscuridad. Era cierto, hace mucho frío ahí afuera, pero Janis tenía razón, también lo hacía en mi piso.

Pareció entonces detenerse un poco para ordenar sus pensamientos. Sostenía ahora la cabeza sobre sus manos, apoyadas estas en los muslos. Se reclinaba ligeramente hacia abajo y su mirada era indescifrable para mí. La idea de que pudiera haber enloquecido me pasó por la mente, pero lo cierto es que no me lo parecía, aunque yo no estoy versado en el tema; y es que su relato se desenvolvía tranquilo, con una naturalidad clara. Suelo hacer caso a los resortes de mi intuición y ninguno saltó en ese momento, aunque a veces son solo prejuicios. Es difícil juzgar las cosas; así que decidí dejarme llevar por esa calma extraña que a uno le envuelve cuando se decide suspender el juicio, no opinar, anular la crítica.

¿Tu exmujer o tus hijos te llamaron?, pregunté aprovechando su pausa.

Yo mismo les avisé nada más partir, antes de que la batería de mi móvil se agotase. Iba a estar un tiempo fuera, les dije.

Y eso… ¿no les extrañó?, inquirí. Tu partida, me refiero.

Simplemente mentí: debía encargarme de un tío enfermo que vive en un pueblo en el que no hay cobertura. Suspiró largamente en este punto. ¿Sabes? Mi vida anterior; no pude salvar lo que tenía. No pude. Y tenía mucho. Mucho más que suficiente. Comprendí que no se trataba solo de mi voluntad. Fue un leve hastío al principio, después una tristeza creciente, y al final un desaliento que lo arrasó todo: mi matrimonio, mi trabajo, mi cordura… todo.

Tomó aire. Creí ver una lágrima resbalar por su cara, pero se la enjugó rápidamente. Sus ojos se tornaron acuosos, supuse que desbordados por el dolor en la memoria. 

Hay fuerzas más poderosas que nosotros. Al menos eso creo yo, prosiguió. Fue hace aproximadamente dos semanas. Había llegado a un pequeño bosque. El cielo amenazaba lluvia y al anochecer se descargó a placer sobre aquel rincón del mundo. Intenté cobijarme bajo un inmenso roble, pero apenas se veía a un palmo y resbalé por un barranco que se abría casi a los pies de aquel árbol. Pude agarrarme de milagro a una de sus gruesas raíces que sobresalían de la pared del despeñadero, y busqué instintivamente con los pies algún saliente que me permitiese aguantar sin caer, mientras el agua y el barro se escurrían hacia abajo. Apenas podía ver, pues pequeños torrentes de agua sucia y fría resbalaban por mí sin tregua. De improviso, percibí una luminosidad creciente en el fondo de aquella sima. Entonces, pude abrir los ojos pues la lluvia parecía haber menguado un poco. Supuse estar alucinando por el hambre, el frío, el miedo, la fatiga; pero lo que allí abajo se veía era tan claro como esta tarde soleada. Sí; era eso, claridad y luz. Allí estaba yo, pero bastante más viejo. Aparecían también mi exmujer y mis hijos, al igual que yo mucho más cargados de años. Sobre un fondo emborronado en el que por momentos se adivinaba el mobiliario de mi antigua casa familiar, se nos veía surgir y desaparecer continuamente, transitar unos pasos, hablar entre nosotros, convivir en definitiva. De repente, tan abruptamente como había surgido aquella luz, todo se desvaneció; de nuevo el abismo y la lluvia que había ganado fuerza otra vez. Miré a la oscuridad de aquel agujero y supe que tampoco era feliz allí; como tampoco soy feliz ahora. No sé de dónde saqué las fuerzas para salir del barranco pero lo hice, y tumbado sobre el lodazal, bajo un cielo furioso y cruelmente bello, comprendí que aquel viaje había llegado a su fin. No sé, ¿quién puede saberlo?, tal vez no se trate más que de ir de una crisálida a otra. De lo que sí estoy más seguro es que se trató del límite de mi relato, y casi caigo por el borde de esa frontera de papel, hacia otra historia, otra vida, otro cuento, que no me pertenecían.

Pasamos unos minutos en un silencio cálido y cómodo.

Gracias, dijo sin mirarme mientras se incorporaba.

Adiós, contesté intuyendo que era el final de algo.

Se encaminó hacia el portal. No miró atrás. Yo me quedé rumiando su historia durante un rato hasta que la tarde comenzó a languidecer. No he vuelto a verlo. Otra gente habita ya frente a mi puerta. Supongo que ahora, como él predijo, malvivirá alquilado en alguna pequeña habitación. En fin, todo ha vuelto a la normalidad. A esta tibia normalidad…


David Sánchez-Valverde Montero (Relato incluido en el libro Casi extintos. Casi eternos)

Fotografía de Iñaki Mendivi Armendáriz


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