miércoles, 5 de mayo de 2021

La veta plateada




 La veta plateada

 

Es pequeño, sí, susurró mi compañera sin mirarme, pero no se engañe, es el río de los ríos, la veta plateada más bella.

 

La veta plateada

 

Despierto en un tren que parece atravesar un túnel, justo antes de que emerja en un gigantesco andén. Muchos de los viajeros ya están en pie, mirando con ansiedad por las ventanas, otros acaban de despertar desconcertados. Las puertas de uno de los costados del vehículo se abren al unísono, me levanto, sigo al numeroso grupo de pasajeros que ocupan mi vagón y comenzamos a derramarnos por una estación inmensa, inabarcable, su altura casi se pierde en la distancia. El gris lo ocupa todo, menos los trenes, que son blancos, con un brillo metálico agradable a la vista, y surcados longitudinalmente por ambos lados con líneas de color vivo. Mis pies quieren seguir a alguien que parezca saber a dónde ir, pero los reprimo pues nadie lo parece; mucha gente se mueve, sí, algunos aisladamente, otros en columnas apretadas, pero estoy abrumado, como paralizado en este gran espacio cerrado, con el ruido constante de las estaciones importantes: sonido de trenes que llegan y parten, pasos, carreras, un cuchicheo impenitente, algún grito aislado, una anodina y casi imperceptible música de fondo. No todas las almas que me rodean están en movimiento; también hay salpicadas aquí y allá algunas gentes que sentadas miran a un vacío que solo ellas conocen, o dormitan sin saber decidirse o habiéndose decidido a no hacerlo.

Estoy ahí, mirando hacia un gigantesco panel informativo que pende del techo: innumerables trenes, horas de partida y llegada, pero ningún destino, ningún lugar reconocible al que ir. Una punzada en la boca del estómago me impele a decidirme ya, a tomar un tren, ya que el siguiente podría ser el mío, o ser el último, y quizás no tomarlo haría que me pudriese en una espera infinita. Un altavoz da el último aviso para el vehículo que dormita a mi izquierda; es idéntico al que nos trajo hasta aquí. Entonces, una muchedumbre tan angustiada como yo me arrastra al interior de un vagón. Ahora estoy en el suelo, aturdido, cuando las puertas cierran y una sutil vibración delata la partida. Arrastro mis huesos hasta una ventanilla en un pequeño compartimento. Al otro lado del cristal, a lo lejos, un hombre de entre los que acunaban su hastío mirando a ningún lugar en la estación, posa sus ojos sobre mí. Y veladamente, sonríe.

A través de la ventana veo cómo penetramos un nuevo túnel, y tras varios minutos salimos fuera horadando un paisaje casi de planicie, de verdes campos y breves bosques, salpicado con algunas ondulaciones, suaves colinas que no impiden atisbar el horizonte. Me acomodo en el asiento y levanto la mirada para descubrir frente a mí a una única pasajera, una mujer; tendrá unos sesenta años, cabello muy corto y entreverado de canas, tras unas gafitas redondas se adivinan unos ojos claros e inteligentes, respira bajo un vestido verde manzana hasta media rodilla. Mira a través del cristal, sonríe levemente y brilla, toda ella, resplandece de alguna manera, irradia una alegría serena, un aura paciente y sabia. No quiero hablarle todavía y miro en derredor por primera vez tras el tumulto de la partida. El interior es muy diferente al del primer tren: cálido, acogedor, antiguo pero no gastado, maderas suaves, sillones de terciopelo rojo, luces atenuadas, puertas con asideros dorados. Y yo, extrañamente, no siento miedo, solo una gozosa curiosidad, el ligero interrogante de alguien que cree no tener mucho que perder.

Observo a mi acompañante: es menuda, sus sobrios zapatos rojos no alcanzan el suelo. Cuando voy a dirigirme a ella se me adelanta:

¿No cree que es maravilloso?

Son unas vistas bonitas, sí, contesto ligeramente cohibido.

La mujer prosigue alegremente: No solo las vistas, fíjese en el tren, no hallará un detalle descuidado. A decir verdad la estación podría mejorarse, un poco sórdida para mi gusto, además toda esa gente desorientada…

¿Sabe a dónde nos dirigimos?, pregunto.

Me mira por encima de las gafas y sonríe, en un gesto a medias entre el misterio y la coquetería: Quizás no debería contarle esto, comienza bajando un poco la voz. Pero, sabe, he sido yo la que rompí el hielo, así que supongo que lo haría por algo: vamos hacia la gran pradera.

La gran pradera…, susurro como para mí mismo.

Sí, bueno, continúa mi compañera de viaje. Hice alguna trampa la última vez. Nadie me lo impidió, tal vez no se percataron, quizás lo consintieron… quién sabe. Cuando lleguemos, y ya no falta mucho, no se separe de mí.

Quiero seguir indagando, pero la mujer menuda regresa a su alegre contemplación del paisaje. Apoyo mi espalda en el respaldo, inspiro y vuelvo a comprobar que no tengo miedo; es como si ese sentimiento hubiera sido borrado de entre mis emociones. La mujer sigue reflejando una agradable frescura mientras mueve ahora sus cortas piernas, con los pies dentro de los minúsculos zapatos rojos. Entonces, el tren comienza a perder velocidad. Miro por la ventana con cierta ansiedad, pero no alcanzo a distinguir nada que rompa la simetría del paisaje, ninguna estación, edificio ni estructura, tampoco personas… Finalmente nos detenemos por completo.

¡Hemos llegado!, exclama mi compañera, a la vez que se incorpora de un saltito con una inesperada gracilidad.

Descendemos de los vagones lentamente, todos por el mismo costado, pues las puertas del otro lado están cerradas. Ahora puedo escrutar el exterior del vehículo, para comprobar alucinado que se trata de un tren completamente diferente al que partió de la estación; de aspecto clásico, con una locomotora humeante de un negro casi brillante en cabeza y una decena de vagones metálicos pintados de azul cobalto; tal como el interior, todo se muestra impoluto y radiante. Cuando miro a ambos lados nada más pisar el suelo, una enorme masa de personas ha bajado ya, y lo siguen haciendo al igual que un fluido vivo y espeso. Las miradas ahora son de desconcierto y espera, algunas también de angustia; únicamente la mujer del vestido verde parece relajada. Siento un calambre de asombro cuando me coge de la mano, y tirando de mí con decisión comenzamos a ascender el montículo que se yergue frente a nosotros, a escasos metros de ese andén invisible. Todos los demás nos siguen, tal vez por miedo, por puro gregarismo o a falta de ninguna otra guía. Lo cierto es que tras la punta de lanza que formamos mi alegre compañera y yo, el resto de pasajeros se arremolinan en una estela sobre la hierba como las aves migratorias en los cielos. Así, alcanzamos la parte más alta de la colina; la mujer me mira con una alegría que sobrepasa su sonrisa:

Ahí está, dice casi en un susurro.

El paisaje de leves ondulaciones y praderas se extiende hasta el horizonte inasible, bajo un cielo tan azul como en algunos días de verano. No se ve al sol por ningún lado y la luz parece emanar de la propia bóveda celeste, entre un puñado de nubes maravillosamente algodonadas. Tardo unos segundos en percatarme de lo que la mujer señala: a no mucho más de cincuenta metros de nuestros pies, se adivina el curso de un pequeño arroyo, pues la vegetación a sus lados se hace más alta y densa, de un verde entreverado de otros verdes y trazas doradas.

¿Se refiere al arroyuelo?, pregunto.

Es el Leteo, añade emocionada. No estaba del todo segura si volvería a verlo.

El Leteo…, mascullo torpemente.

Entonces, el gentío se nos adelanta. Comienzan a descender la pendiente, algunos dejan ir exclamaciones de alborozo, otros trastabillan un poco sin llegar a caerse. Las horas de viaje han entumecido los cuerpos, y la temperatura templada en el interior del tren parece haber despertado la sed en todos. Los primeros que han alcanzado la ribera del arroyo ya se agachan para beber, intento dar un paso cuando inesperadamente la mujer de las gafitas redondas me retiene todavía sin soltar mi mano. Yo también siento sed, pero no me atrevo a zafarme de aquella alegre y enérgica mujer menuda. Los que ya han probado las aguas dejan su lugar a otros y comienzan mansamente a subir la colina que cierra el pequeño valle por el otro lado.

Ahora, ordena la mujer con suavidad.

La sigo hasta la orilla del Leteo. Libera mi mano cuando llegamos y dice: No beba, solo enjuáguese.

Compruebo que nadie parece vigilar al heterogéneo grupo de hombres y mujeres de muy diversa edad que recorre las praderas, y la gente que nos rodea parece ir a lo suyo, calmos y cansados en sus gestos y maneras. Hago como me dice: el agua es fresca pero no gélida, discurre apaciblemente revelando como el cristal un fondo azul de pequeños cantos y plantas acuáticas. No se ven peces ni se oye sonido alguno de aves o insectos; solo un sutil siseo de fluir líquido en el cauce, y ahora nuestros pasos y aislados suspiros de gozo de los que beben en las aguas.

Comenzamos la ascensión entre el último grupo. Al llegar arriba descubrimos otro valle algo más pequeño que el primero y un nuevo tren que resopla allí abajo, igual al que nos ha traído hasta aquí. Algo dentro de mí comienza a comprender, o tal vez a recordar… Los viajeros empiezan a subir a los vagones, sin prisas y en un silencio solo traspasado por los bufidos de la locomotora que ya quiere partir.

La mujer del vestido verde habla sin mirarme: Regrese tranquilo. Esta vez recordará.

¿No viaja conmigo?, pregunto, adivinando de antemano la respuesta.

Ahora sí, me mira plácidamente: No. Pero volveremos a vernos. Esperaré al siguiente tren. Quiero descansar un poco aquí, junto al Leteo.


David Sánchez-Valverde Montero (Incluido en el libro de relatos Casi extintos. Casi eternos)


martes, 13 de abril de 2021

Primigenio


 

Primigenio

 

En silencio, se dejó caer junto a su abuelo. Pensamientos como yunques lastraban su mente: monstruosas obsesiones, espirales de tristeza y tribulación, vuelos en círculo, reincidencias de la memoria, de los afectos y la costumbre.

No eres solo lo que transita por tu cabeza, le dijo el anciano. Eres también el hijo de eones de historia cósmica, consciencia hecha de elementos primigenios, de polvo estelar. Eres el fruto de colosales reacciones, luchas titánicas y equilibrios improbables entre la materia y fuerzas invisibles.

            El joven miró entonces hacia las alturas. Sintió un vértigo de gozo al confiar en lo que su abuelo le contaba. Tal vez sus raíces abrazaban un infinito; más allá del profundo azul.


David Sánchez-Valverde Montero

Janis me habla


 Janis me habla


Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo”.

“Si no puedo doblegar a los dioses del cielo, conmoveré a los del infierno”.

Virgilio (Eneida)

 

Parecía una persona normal. Creo que como yo, rebasaría por poco los cincuenta años. Vivíamos en el mismo edificio de cinco plantas, en un cuarto piso, y su puerta se hallaba a unos escasos tres metros frente a la mía. Solo había dos inquilinos por cada rellano, así que si se quería, uno llegaba a conocer un poco a su vecino de escalera. Por aquel entonces, aquel hombre llevaría unos tres o cuatro meses residiendo en el bloque. En nuestros fortuitos encuentros de portal y ascensor iba compartiendo al igual que yo mismo, aspectos de su vida, generalmente aprovechando un comentario relacionado, algún tema que diera pie a lo que decía. Por eso pronto supe que vivía aquí desde su separación, trabajaba eventualmente de bibliotecario en un centro municipal, que sus dos hijos eran casi adultos y uno de ellos estudiaba fuera. Me contó que el pequeño vivía con su exmujer, con la que decía mantener una relación aceptable. Nunca supe qué sería aceptable para él, pues esa palabra me parece que no significa lo mismo para todos; es casi como no decir nada.

Estaba alquilado, pero poco tiempo antes de que empezara a comportarse de manera extraña, me confesó que últimamente apenas le daba el dinero, y que probablemente se tendría que mudar a una habitación. Recuerdo bien el día en que todo comenzó, porque mi mujer y mi único hijo habían salido juntos de viaje el día anterior. Adoraban las iglesias antiguas, las catedrales, el arte medieval, en fin, todo lo relacionado con esos temas. Yo tenía mucho trabajo en la universidad en esos días, pues ejerzo de profesor de Filosofía y a pesar de que mis alumnos son escasos, varios de ellos estaban preparando la tesis, profundizando si cabe más en estos inútiles saberes. En el fondo me sentía casi feliz ante la idea de estar solo durante una semana.

Aquel día ese hombre delgado retuvo la puerta del ascensor en el último momento y se apoyó contra un lado nada más entrar. No saludó, lo cual me extrañó. Sonrió de soslayo y pareció acomodarse en una tristeza lejana. Al llegar abajo y antes de que alcanzáramos la puerta del portal, dijo tras de mí en un tono casi inaudible:

¿Sabes? Janis me habla.

¿Cómo dices?, pregunté, creyendo no haber entendido.

Sí; el disco gira y Janis Joplin me habla, me dice cosas.

Su mano derecha temblaba un poco, pero el resto de él, su pose, la mirada, su voz, no parecían alteradas.

¿A ti? ¿Qué cosas?, inquirí un poco asustado.

A pesar de no mostrarse amenazante, el acecho de la violencia y la locura siempre me ponen nervioso; no sé bien cómo manejarlas. Intento contenerlas en los márgenes del escenario pero ineludiblemente siempre asoman, reaparecen de improviso. Habitualmente mi vecino no tenía buena cara, de normal algo ojeroso y con la piel cérea. Pero ese día sus ojos aparecían un poco más hundidos, y la incipiente barba bajo su cabello oscuro y graso le daba un aire macilento y triste.

Me avisa que ha llegado el momento, contestó mirando hacia el suelo. Yo le digo que hace mucho frío ahí fuera, pero ella sigue cantando y diciéndome cosas: entre estas paredes también hace frío, me repite una y otra vez. Me miró brevemente a los ojos y salió a la calle. No sé dónde iría, no lo dijo, ni siquiera se despidió, creo que en ese momento no trabajaba.

Al día siguiente volví a verle. El inicial sentimiento de felicidad ante la partida de mi mujer y mi hijo, y la perspectiva de la soledad y la libertad, habían menguado considerablemente. Lo cierto es que nunca me ha resultado fácil llenar los días, y a mi medio siglo de existencia todavía no he aprendido a caminar por el mundo sin un trasfondo de ruido, intenciones, deseos y objetivos. Él estaba sentado en un banco cercano, bajo un sol radiante que lo ocupaba todo en los inicios de la primavera. Me acerqué con una tímida precaución, pero me tranquilizó de inmediato no adivinar crispación en su cara, bañada por la luz, su aspecto limpio y sosegado. Tenía los ojos cerrados y no parecía haber sentido mi cercanía, pero repentinamente dijo en un tono bajo y sin mudar de expresión: ¿Sabes? Desde que era un niño, cuando miro al cielo en las noches despejadas, siento una especie de asfixia. No sé, es un abismo, me oprime, me aplasta, me falta el aire. Me veo a mí mismo como a uno de esos peces anaranjados, en una pecera a cada segundo más pequeña, y más allá del cristal un vacío oscuro, sin forma, sin límites. Tengo que pensar en otra cosa o comienzo a marearme.

Me recorrió un escalofrío, como suele ocurrirme cuando uno de mis propios miedos es relatado por otra persona.

Yo también he sentido algo parecido a veces, asentí. Pareció agradecer mi empatía, pues abrió los ojos y me miró con una media sonrisa.

Gracias por haberme escuchado. Poca gente lo hace de veras.

No dijo nada más. No se giró ni una vez. Enfiló la calle pero en dirección opuesta a nuestro edificio. No circulaban muchos coches y los transeúntes eran escasos a aquella temprana hora de la tarde. Lo seguí con la mirada hasta que cruzó la calle y su figura se perdió entre la arboleda de un parque cercano. No lo sabía yo entonces, pero se había ido de verdad, al menos por una temporada. Mi familia regresó, mi semana en soledad fue polvo de olvido tras unos pocos días y nuestras rutinas lo volvieron a ocupar casi todo, devolviéndome, si es que por algún momento la había llegado a extraviar, mi soportable infelicidad.

Al principio no me extrañó demasiado no ver a mi vecino, pues nuestros encuentros a veces se espaciaban por bastantes días. Pero en las últimas dos semanas antes de su reaparición, pensaba en él con frecuencia y a punto estuve de llamar a su puerta. No hizo falta, pues aproximadamente a los dos meses de su partida volvimos a vernos, en el mismo banco de aquella tarde primaveral. Regresaba yo de la universidad, algo embotado tras la jornada y el calor de los primeros rigores estivales. El sudor pegaba mi camisa a la piel de la espalda, y cuando casi había llegado al banco donde aquel hombre se encontraba, me percaté de que la hora de nuestro anterior encuentro había sido prácticamente la misma; solo que en este último la ausencia casi total de ruido, gentes y movimiento en derredor causaba una extraña suspensión del tiempo, paralizado en aquella atmósfera de calor y luz, como si nada existiera en el mundo ajeno a nosotros dos y aquel escenario.

Me vio llegar, sonrió y levantó una mano a modo de saludo. Pensé entonces que todavía se veía más delgado, aunque su habitual palidez había sido sustituida por un saludable tono rosado.

¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Has estado fuera?, pregunté a la vez que me sentaba a su lado.

He estado lejos, contestó mirándome a los ojos. Janis terminó por convencerme. Caminé sin saber adónde, aunque una parte de mí parecía saberlo. Anduve hasta que no pude más; no porque me faltase el aliento, sino porque ya no era posible dar un paso adelante.

No te entiendo, ¿a qué te refieres?

Se tomó unos segundos antes de hablar: Supongo que no es cosa de entender. Yo mismo tampoco lo comprendo del todo. Solo puedo contarte lo vivido.

No dije nada, pues nada tenía que decir. Únicamente lo miré expectante.

¿Sabes?, continuó. He estado caminando durante semanas. Tantos días, tantos pasos, que llegué a olvidarme de mí mismo. No sé explicarlo bien. A los pocos días el cansancio me abandonó. Sentía que mis pies fueran tierra, que mi cuerpo casi no pesaba y era poco más que un viento ligero. Paraba en algunos lugares a comer algo y continuaba caminando. He dormido al raso, sin más compañía que el cielo y los ruidos de la noche. La verdad es que a veces pasé miedo y frío, sobre todo en la oscuridad. Era cierto, hace mucho frío ahí afuera, pero Janis tenía razón, también lo hacía en mi piso.

Pareció entonces detenerse un poco para ordenar sus pensamientos. Sostenía ahora la cabeza sobre sus manos, apoyadas estas en los muslos. Se reclinaba ligeramente hacia abajo y su mirada era indescifrable para mí. La idea de que pudiera haber enloquecido me pasó por la mente, pero lo cierto es que no me lo parecía, aunque yo no estoy versado en el tema; y es que su relato se desenvolvía tranquilo, con una naturalidad clara. Suelo hacer caso a los resortes de mi intuición y ninguno saltó en ese momento, aunque a veces son solo prejuicios. Es difícil juzgar las cosas; así que decidí dejarme llevar por esa calma extraña que a uno le envuelve cuando se decide suspender el juicio, no opinar, anular la crítica.

¿Tu exmujer o tus hijos te llamaron?, pregunté aprovechando su pausa.

Yo mismo les avisé nada más partir, antes de que la batería de mi móvil se agotase. Iba a estar un tiempo fuera, les dije.

Y eso… ¿no les extrañó?, inquirí. Tu partida, me refiero.

Simplemente mentí: debía encargarme de un tío enfermo que vive en un pueblo en el que no hay cobertura. Suspiró largamente en este punto. ¿Sabes? Mi vida anterior; no pude salvar lo que tenía. No pude. Y tenía mucho. Mucho más que suficiente. Comprendí que no se trataba solo de mi voluntad. Fue un leve hastío al principio, después una tristeza creciente, y al final un desaliento que lo arrasó todo: mi matrimonio, mi trabajo, mi cordura… todo.

Tomó aire. Creí ver una lágrima resbalar por su cara, pero se la enjugó rápidamente. Sus ojos se tornaron acuosos, supuse que desbordados por el dolor en la memoria. 

Hay fuerzas más poderosas que nosotros. Al menos eso creo yo, prosiguió. Fue hace aproximadamente dos semanas. Había llegado a un pequeño bosque. El cielo amenazaba lluvia y al anochecer se descargó a placer sobre aquel rincón del mundo. Intenté cobijarme bajo un inmenso roble, pero apenas se veía a un palmo y resbalé por un barranco que se abría casi a los pies de aquel árbol. Pude agarrarme de milagro a una de sus gruesas raíces que sobresalían de la pared del despeñadero, y busqué instintivamente con los pies algún saliente que me permitiese aguantar sin caer, mientras el agua y el barro se escurrían hacia abajo. Apenas podía ver, pues pequeños torrentes de agua sucia y fría resbalaban por mí sin tregua. De improviso, percibí una luminosidad creciente en el fondo de aquella sima. Entonces, pude abrir los ojos pues la lluvia parecía haber menguado un poco. Supuse estar alucinando por el hambre, el frío, el miedo, la fatiga; pero lo que allí abajo se veía era tan claro como esta tarde soleada. Sí; era eso, claridad y luz. Allí estaba yo, pero bastante más viejo. Aparecían también mi exmujer y mis hijos, al igual que yo mucho más cargados de años. Sobre un fondo emborronado en el que por momentos se adivinaba el mobiliario de mi antigua casa familiar, se nos veía surgir y desaparecer continuamente, transitar unos pasos, hablar entre nosotros, convivir en definitiva. De repente, tan abruptamente como había surgido aquella luz, todo se desvaneció; de nuevo el abismo y la lluvia que había ganado fuerza otra vez. Miré a la oscuridad de aquel agujero y supe que tampoco era feliz allí; como tampoco soy feliz ahora. No sé de dónde saqué las fuerzas para salir del barranco pero lo hice, y tumbado sobre el lodazal, bajo un cielo furioso y cruelmente bello, comprendí que aquel viaje había llegado a su fin. No sé, ¿quién puede saberlo?, tal vez no se trate más que de ir de una crisálida a otra. De lo que sí estoy más seguro es que se trató del límite de mi relato, y casi caigo por el borde de esa frontera de papel, hacia otra historia, otra vida, otro cuento, que no me pertenecían.

Pasamos unos minutos en un silencio cálido y cómodo.

Gracias, dijo sin mirarme mientras se incorporaba.

Adiós, contesté intuyendo que era el final de algo.

Se encaminó hacia el portal. No miró atrás. Yo me quedé rumiando su historia durante un rato hasta que la tarde comenzó a languidecer. No he vuelto a verlo. Otra gente habita ya frente a mi puerta. Supongo que ahora, como él predijo, malvivirá alquilado en alguna pequeña habitación. En fin, todo ha vuelto a la normalidad. A esta tibia normalidad…


David Sánchez-Valverde Montero (Relato incluido en el libro Casi extintos. Casi eternos)

Fotografía de Iñaki Mendivi Armendáriz


lunes, 29 de marzo de 2021

La extraña reunión

 


La extraña reunión


“Date cuenta de una vez de que en ti mismo tienes algo superior y más divino que lo que causa las pasiones y de lo que, en una palabra, te zarandea como una marioneta”.

Marco Aurelio (Meditaciones)

 

El cielo se vaciaba en la noche sobre aquel paraje de caminos de tierra, suaves colinas, matorrales y diseminadas masas boscosas. Su caballo relinchaba, pateaba el suelo y se negaba a continuar. De las alas del sombrero le caía el agua a chorros y su silueta sobre el animal se recortaba apenas bajo el oscuro aguacero a punto de fundirse a negro.

Bueno Murray, pues parece que nos hemos perdido. No veo el camino con la que está cayendo. Además, estamos cansados y tenemos hambre, ¿verdad? Acarició la crin del caballo. Oteó en derredor buscando algún improbable lugar en el que guarecerse. Su corcel entonces se salió del camino y comenzó a andar campo a través. Después de retenerlo miró en la dirección que había tomado el animal: dos minúsculas lucecitas amarillas titilaban en la lejanía. Suspiró con alivio, quizás calor y algo de comer… Murray, sintiendo a su amo relajado, emprendió un trote ligero hacia las luces.

Parece que sabes el camino… ¿o es que estás tan harto como yo de la noche y la lluvia? El jinete palmeaba el lomo húmedo del caballo, reconfortados los dos al ver recortarse ya aquel faro en la oscuridad, una casa grande, tal vez una posada con sus cálidos ventanales. Tras posar las botas en el suelo, miró en torno suyo y halló un tejadillo que recorría uno de los muros, bajo el cual aguardaban silenciosos como una decena de caballos apenas distinguibles en la noche.

Murray, amigo mío, parece que no te vas a mojar…, preguntaré adentro por ver si pueden ocuparse un poco de ti. Salvó entonces los escasos pasos que lo separaban de la entrada, un lodo pedregoso se le pegaba a los pies, y al empujar la pesada y vieja puerta de madera, esta se quejó en todo su recorrido anunciando su llegada. Varias cabezas de los allí presentes se giraron. Habría no más de diez personas, todos compartiendo mesas, bajo una atmósfera cálida que al viajero le resultó algo densa. En un lado ardía un pequeño fuego, y al fondo una mujer joven tocaba una alegre melodía a la guitarra. Hizo un ademán de saludo con la cabeza sonriendo un poco y se acercó a la barra. Algunos le devolvieron el saludo de igual manera y fueron regresando a sus copas, a sus charlas. Se escuchaba así un rumor amortiguado por la música, y algún tintineo, el chocar habitual de cristales y lozas en estos lugares.

Buenas noches. Le estábamos esperando. Una mujercita de edad avanzada le sonreía del otro lado de la barra. Su cabello, que al jinete le pareció de un blanco níveo, se recogía atrás en una coleta corta. Dos ojos grandes y verdes brillaban como en alguien más joven.

¿Me estaban esperando?, preguntó él.

Claro, siguió ella. En estos días, y sobre todo en noches como esta, siempre aparece algún viajero extraviado.

Entiendo…, dijo el viajero. ¿Pueden ocuparse de mi animal?

No le faltará de nada, no se preocupe, contestó la mujer.

Bien; sé que es algo tarde, pero tal vez podría servirme algo para comer... La mujercita dio un pequeño respingo y se encaminó hacia un espacio interior mientras decía: Le serviré una sopa caliente con cerdo y guisantes. Es lo único que me queda, pero se chupará los dedos. El jinete suspiró con alivio. A los pocos minutos tenía delante el plato humeante, y tuvo que contenerse para no devorarlo con las manos nada más inhalar el templado olor del guiso, y aun así se lo comió en la misma barra sin esperar siquiera a que la mujer le indicase sitio en alguna mesa.

¿Hacía cuánto que no comía?, preguntó con sorpresa la anciana.

Así de bien hace mucho, buena mujer, contestó el viajero limpiándose la boca con la mano y acercándole el plato. He estado mucho tiempo por los caminos y ahora regreso a mi aldea. No conozco esas canciones, pero me gustan, son muy alegres y necesito un poco de eso. Miró a la mujer que tocaba.

Es la alegría, aclaró la mujer del pelo blanco.

¿Cómo dice?, preguntó él.

 Sí, continuó ella. Es la alegría. Toca aquí casi todas las noches para quien quiera escucharla. El jinete creyó no haber entendido pero no le pareció oportuno volver a preguntar. Se acercó a la joven que tocaba, atraído por un invisible magnetismo; ella le sonrió ampliamente al notar su cercanía, él parado ahí delante a escasos dos metros. Lucía ella una melena lisa, melosa, que ocultaba en parte su rostro. El viajero se sintió mecer como en el inicio de una borrachera, se dejó así llevar, embriagado, en paz con la noche, convencido de que todo estaba bien, de que cada instante era un fin en sí mismo sin necesidad de esperar nada más, y preguntándose finalmente qué más habría, qué extraño condimento nadaría en el plato que acababa de devorar.

Se dirigió entonces a una de las mesas, ocupada por dos mujeres y un hombre. Al interrogarle a ese hombre con un gesto de la mano por ver si podía ocupar el único asiento libre, contestó aquel con una mirada fría que bien podía significar cualquier cosa. Se sentó pues. La afable anciana de la barra, que él supuso la dueña, le sirvió sin pedirlo una taza de café, gesto que el viajero agradeció con una leve inclinación de cabeza. La sensación de ebriedad alegre había remitido en parte, siendo desplazada poco a poco por un fino desasosiego que sentía ascender por el pecho. Deseaba charlar con alguien tras el largo regreso en la única compañía de Murray, su corcel negro, pero sus acompañantes permanecían sin decir palabra. Llamó su atención que los tres vestían de oscuro, y de alguna manera y aunque el jinete no supiera decir por qué, quizás por las miradas que ocasionalmente se cruzaban, parecían conocerse. Una de las mujeres, que rondaría la cincuentena y guardaba su pelo negro en un moño, miraba casi todo el tiempo hacia la mesa, quieta, hundida en su silla. La otra mujer, algo más joven y que quedaba justo a su izquierda, no dejaba de acomodarse en su asiento y carraspear con la garganta. Esta miró al extraño que se acababa de sentar: Nunca lo he visto por aquí…, dijo sonriendo en una mueca nerviosa que al segundo siguiente se desvanecía para volver a dibujarse en su cara. El viajero se alegró de que alguien rompiera el silencio, pero el malestar le ocupaba ya la garganta y le costaba un poco tomar aliento.

Sí, contestó. Encantado, mi nombre es Dave. La verdad es que no conocía este lugar. La mujer, que movía las manos sin decidir dónde dejarlas reposar, se echó su larga melena oscura entreverada de canas hacia atrás, varias veces, pero el cabello regresaba seguidamente a su rostro.

¿Se encuentra bien?, preguntó él.

Sí; sí, contestó ella. Es esta mesa. Pero son mis hermanos, no puedo abandonarlos así como así.

Dave se sentía traspasado por una ansiedad difusa, a través de la cual se abría paso un temor sin objeto, le faltaba el aire y no encontraba postura en la silla. El hombre que se encontraba a su derecha lo miró de soslayo. Su negro sombrero de ala ancha daba una sombra gris en la mitad de su cara, de piel pálida, casi translúcida, y una vena gruesa y azul ascendía por su cuello. A diferencia de sus compañeras, que vestían sencillos vestidos lisos, este portaba un capote también negro que parecía mojado de lluvia.

Qué insoportable fragilidad, arrojados a esta nada, qué poco tiempo nos ha sido dado, ¿verdad amigo?, le dijo entonces a Dave, que sonrió fugazmente por cortesía.  Notó una mano cálida que se posaba en su hombro, y al girarse sintió que los dos ojos verdes de la dueña lo rescataban. ¿Sabe?, dijo ella señalando con la mirada hacia otro grupo de gente. Puede que desde esa otra mesa escuche mejor la música.

Se levantó embotado, con un ánimo oscuro y espeso. Nadie en la mesa dijo nada más. Los límites de lo real, de lo que él veía, parecían fluctuar levemente en su camino tras la mujer, y avanzaba un poco a tientas hasta el lugar que le indicó. Tomó asiento. Los dos hombres y la mujer que ocupaban esta nueva mesa lo miraron. Uno de los hombres, el que quedaba justo a su derecha, con los brazos cruzados sobre el pecho y reclinado hacia atrás, dijo en un tono que a Dave le pareció asco: Mira que sentarse junto a esos…, y giró la cabeza con desdén triste hacia la mesa de la que el viajero venía. Él se sentía algo mejor, al menos la opresión en el cuello había casi cesado…

¿Quiénes son?, inquirió.

¿Esos tres hermanos? La angustia, la tristeza y el miedo, contestó el de antes con desgana, como si le costase mucho trabajo hablar. Dave estaba confundido, y empezó a sospechar si el largo tiempo solo a la intemperie por los senderos del mundo, con la única compañía de su fiel animal, no habría dejado rastros de locura en su alma. Pero es que todo estaba ahí, tan vívido y sólido como la lluvia que lo había guiado hasta ese lugar.

Justo enfrente, una mujer grande, casi obesa, que no rebasaría los treinta años de edad, embutida en un vestido de color amarillo intenso con volantes en la falda, se acunaba en la silla adelante y atrás, adelante y atrás… Su cráneo era llamativamente simétrico y estaba completamente rapado. De improviso, pareció ella caer en la cuenta de su cercanía y detuvo su vaivén: ¿Sabe? Yo he visto, he visto lo que hay detrás de las cosas… pero no comprendo, no logro entender todas las imágenes, esas voces, toda esa luz, todas las sombras, y así no puedo continuar; ¿quién podría? Regresó a su movimiento regular y pareció no ver nada de lo que sucedía alrededor. Dave se dio vuelta hacia su izquierda. Un hombre de mediana edad le observaba como a través de una tranquila benevolencia. Algo le invitó a hablar con él, a sincerarse bajo su atenta mirada, tal vez el azul celeste de su camisa de algodón, que con gracia se cerraba con tres botones color violeta en el cuello.

No sé… este lugar… tal vez me haya vuelto loco. Quizás solo necesite descansar, dijo Dave.

No se preocupe, acotó el hombre de azul. Acaba de escuchar a la locura, esa muchacha. La señaló con una mano. Nuestro otro compañero es el hastío. El de los brazos cruzados se inclinó hacia adelante. Tendría también unos sesenta años y su atuendo consistía en un raído jersey de lana marrón. Frunció la cara y sus arrugas así marcadas acentuaron su desprecio, a la vez que miraba al hombre de azul.

No merece la pena; no lo merece. Todo fue, es y será lo mismo. Una y otra vez, día tras día, el mismo asco, el mismo absurdo, la misma náusea, dijo el hastío y seguidamente se volvió a recostar en el respaldo y cruzó los brazos de nuevo, esta vez sin apartar la mirada de Dave. En ese momento, el hombre que vestía de azul posó su mano sobre la del viajero. Era una piel cálida, vibrante, que logró aquietar un poco su desasosiego.

Creo que el hastío se equivoca. Es un misterio, no podemos saberlo todo, pero intuyo que todo fluye en esta vida y cambia con cada golpe de la mirada, así que es mejor no arrastrar demasiado equipaje. ¿No cree?, dijo mirándole a los ojos con dulzura.

¿Quién es usted?, preguntó Dave.

Me llaman desapego…, contestó. Entonces, la dueña se acercó de nuevo con otro café humeante. Mire, se lo voy a servir en esa otra mesa, dijo mientras señalaba con la barbilla a la última mesa, ocupada por dos personas, que restaba por visitar. Allí estará más cómodo, sentenció. A esas alturas de la noche, Dave se dejó llevar sin objetar nada, encenagado hasta las rodillas en esa taberna onírica, extraña, perdida en una noche de aguacero.

Nada más tomar asiento vio cómo una mujer que rebasaría por poco los cuarenta años, cubierta por una especie de levita color sangre, se apartaba un poco arrastrando su silla. ¿Te crees mejor que yo?, le espetó al viajero alzando la voz.

No, señora, respondió Dave con toda la calma que pudo reunir a pesar de que un fuego ascendía ya por su cuello.

Porque no lo eres…, siguió ella. ¡Ni ninguno de estos!, dijo ya en un grito a la vez que se ponía en pie y miraba en torno suyo. ¡No valéis nada! ¡Sois basura! Los demás seguían a lo suyo, la alegría continuaba tocando; únicamente el hastío le devolvió una malévola sonrisa, y cuando la mujer de rojo parecía disponerse a lanzarse contra él, el brazo del hombre que permanecía sentado a su izquierda la retuvo cogiéndola con firmeza de la muñeca. Era un hombre mayor, menudo, y vestía una extraña levita color verde manzana. Sin pronunciar palabra la atrajo de nuevo hacia la mesa y la mujer regresó a su asiento, mirando todavía amenazadora hacia los lados. Dave se fijó en el hombre, el cual le devolvió una mirada tranquila que descansaba sobre una sonrisa leve.

Usted es…, indagó el viajero.

El sosiego, respondió él con una expresión cálida que aplacó casi de inmediato el furor en su cuello.

Lo suponía… Disculpen, dijo Dave, y seguidamente se levantó. Alcanzó la barra. Detrás trajinaba la mujercita. Si no le importa, me quedaré aquí, y si ha dejado de llover emprenderé la marcha pronto, le dijo. La mujer lo miró divertida, ladeó un poco la cabeza y se sacudió sus manos regordetas en el delantal blanco.

¿Cómo soporta este lugar?, preguntó Dave. La mayoría de ellos parecen unos dementes o se comportan de manera impresentable, dijo casi en un susurro inclinándose sobre la barra. ¿Qué es?, ¿una especie de manicomio?

¿No le han caído bien la ira y el sosiego?, preguntó ella abriendo mucho los ojos.

Bueno…, siguió él. Es que esto le volvería loco a cualquiera, voy de una emoción a otra, arrastrando sensaciones nuevas a cada momento, sintiéndome cada vez distinto y sin saber bien ya quién soy. La mujer miró hacia las mesas: Debajo de todo eso, usted es usted. Siempre será así. Aquí no le moja la lluvia ni le alcanza el frío, ha cenado caliente y puede descansar, así que ni el más desagradable de ellos puede hacerle daño. Yo estoy aquí, los veo entrar y salir, les dejo hacer, y la alegría viene casi todos los días a tocar.

Dave se acercó a una de las ventanas. Gracias por todo, dijo. Estaba amaneciendo en un cielo limpio en el que se acabaría imponiendo el azul. Ya junto a la puerta de madera se giró: Por cierto, ¿quién es usted?

Soy la presencia. Otros me conocen por la lucidez, como usted prefiera. En fin, hasta siempre…, contestó saliendo de detrás de la barra y acercándose un poco. El viajero le dedicó una pequeña reverencia con la cabeza y salió afuera.

El frescor de esa mañana de primavera le despertó los huesos y le acercó la intuición de que aunque regresase algún día, aquella posada ya no estaría allí. Además, pensó todavía con temor que tal vez habría comenzado a perder la cabeza, que probablemente nadie creería su historia… Su corcel le miraba plácidamente bajo el tejadillo. ¡Murray, amigo mío! Regresamos a casa. Ahora vuelve a verse el camino, le dijo rodeando su cuello con los brazos.

Inspiró el aire frío mientras se alejaba al galope. Le llegó un aroma de flores, de foresta, de ríos, pero también le alcanzaron unas sutilísimas notas, lejanas, que se mezclaban con los olores por su pura levedad: los acordes desconocidos para él de la alegría


Relato incluido en el libro de cuentos Casi extintos. Casi eternos.

Fotografía: Iñaki Mendivi Armendáriz.


jueves, 25 de marzo de 2021

Algo que no pesa


 

Algo que no pesa


Bajo el dolor

y tu amargura insatisfecha;

bajo la culpa

y su gesto resentido.

 

Tras la envidia,

el odio y sus agravios;

tras la furia

y tu vanidad ignorante.


Más allá de tu risa

y la huella de su alegría;

más allá del ingrávido gozo

en los sentidos, en los cuerpos.

 

Detrás del plúmbeo tedio,

la tristeza, tu fatiga;

detrás de tus castigos

y el deseo encadenado.

 

Más al fondo, ¿qué digo?,

más, más allá, detrás,

bajo todo eso, estás tú:

algo que no pesa,

esa levedad que nada necesita,

un mero transcurrir,

algo que te observa,

esa que no sabe de fortuna ni miseria.         

                                                                      

Un asomarse, un asombro,

algo que no muere,

esa libertad impecable,

un soltar, un abismarse,

algo que da vértigo,

esa liviana vacuidad;

un suceder y nada más.


David Sánchez-Valverde Montero

 


jueves, 18 de marzo de 2021

No era esto



 No era esto


“Vidas agazapadas a salvo, casi detenidas, la respiración de los cuerpos y poco más”.

C. Bukowski (Poema a salvo)

 

¡Cuánto tiempo, Mónica! Javier, dame un beso anda, dijo la mujer tras encontrarlos con la mirada en el fondo del bar y acercarse hasta su mesa.

 Susana…, dijo Javier sonriendo ampliamente después de darle un beso en la mejilla.

 ¿Qué tal guapísima?, preguntó Mónica abrazándola.

 Encantada de veros después de tanto tiempo tan liados. Este es Álex, ¿os conocíais no?

 Nos hemos visto varias veces, cuando nos hemos encontrado con vosotros paseando con los críos… ya sabes, aclaró Javier. Álex sonrió con cortesía.

 ¿Tenéis mucho rato?, preguntó Susana a la vez que se sentaban.

 Un par de horas, más o menos, contestó Mónica. Los hemos dejado con los abuelos. Les darán de merendar y luego pasaremos a recogerlos.

 ¿Cuántos años tienen ya?, inquirió Susana. Era una mujer bonita, tal vez demasiado delgada. Colocó el móvil sobre la mesa y lo miró fugazmente.

 Ya lo sabes… ¿no te acuerdas?, si tienen la misma edad que los vuestros…, dijo Javier riendo un poco.

 Ja, ja, ¡es verdad!, ¡qué tonta! Cuatro años el mayor y uno la pequeña ¿no?

 Eso es, confirmó Javier. ¿Y los vuestros?, ¿qué tal?

 Susana se echó su media melena rubia hacia atrás. Javier miró unos segundos hacia el hombro que había quedado descubierto. ¡Muy bien!, siguió ella. El pequeño está a punto de cumplir el año. La mayor…, lo último es que parece tener altas capacidades. ¡Ya ves!, una hija mía y de este. Señaló a Álex sin levantar apenas la mano.

 Este se movió un poco en su asiento; miraba hacia el suelo. Tenía unos hombros anchos que sobresalían a ambos lados del respaldo de la silla, y la línea del pelo, moreno, muy corto y sin apenas canas, estrechaba quizás demasiado su frente. Levantó entonces sus ojos negros: Lo están estudiando. Podría ser otra cosa, dijo. Y volvió a mirar hacia abajo.

 Susana sonrió nerviosamente: Bueno, ¿y qué tal han caído los cuarenta años? Quién nos ha visto ¿eh?, casados y padres de familia. Somos personas de provecho, ja, ja.

De provecho…, susurró su marido sin mover los ojos.

 Nosotros estamos un poco cansados. Estos años han sido duros, dijo Javier, tensando y relajando distraídamente unos antebrazos delgados y fibrosos, que acompañaban a un cuerpo atlético y probablemente muy acostumbrado al deporte intenso. Trabajamos los dos, ya sabes. Corres para todo pero no llegas. A veces se hace un poco difícil. Pero verlos crecer…, a mí me compensa todo. Además, no sería lo que soy si no hubiera sido padre. Soy mejor persona, eso seguro, sé cosas de mí que antes no sabía…

 ¿Y te gustan?, interrumpió Álex.

 ¿Lo qué?, preguntó Javier con un gesto de molestia.

 Esas cosas que antes no sabías de ti… Álex le miraba serio.

 Pienso como tú, Javier, siguió alegre Susana guardando el móvil en el bolso. Pero también estoy contenta. Estoy encantada. Además, ahora tenemos recursos de apoyo: revistas, libros, blogs, chats… y nuevos profesionales muy bien formados a los que puedes recurrir con dudas y problemas.

 Javier y ella se sostuvieron la mirada unos segundos mientras sus sonrisas menguaban. El sol de la tarde había comenzado su declive y el bar albergaba ya muchas zonas sombrías. Todavía un último haz de luz crepuscular daba de lleno en la espalda de Javier y hacía casi translúcidos sus escasos cabellos. Mónica carraspeó levemente. Llevaba el pelo corto pero guiaba cada poco tiempo el cabello por detrás de las orejas, atusándoselo con los dedos índice y corazón: La verdad es que yo me siento muy cansada. Muy cansada. A menudo el tedio me resulta insoportable, es una especie de cansancio extremo, un desaliento difícil de localizar, dijo en voz baja. Álex pareció sonreír veladamente, levantó la cabeza y la miró.

 Sí, explicó Javier. Para ella es más duro. Yo trabajo más horas y Mónica está sola con los dos los peores ratos. Ya sabéis, al punto de la mañana, a última hora con los baños y cenas…, probablemente, si tuviera más tiempo para ella…, pero todo llegará ¿verdad? Le pasó a su mujer la mano por encima de los hombros y meneó su cuerpo suavemente. Ella se dejó hacer sonriendo apenas.

 Claro, afirmó Susana. Tener algo de tiempo es primordial. Yo consigo a duras penas sacar algunos ratos para ir al gimnasio. Si no, me volvería loca.

 Álex estaba de nuevo en algún lugar entre sus manos y el suelo. El local se hallaba ya casi por entero en penumbra. Se oía el tintineo ocasional del contacto de vasos o botellas entre sí tras la barra, el quejido de la puerta del bar cuando alguien entraba o salía, rumor de conversaciones entre los escasos clientes, y una música de fondo casi inaudible.

 Bueno, ¿y cuándo nos juntamos para pasar un par de días juntos? ¿Playa o montaña?, preguntó Javier tras unos segundos de silencio entre ellos.

 Sí, secundó Susana aplaudiendo sin hacer ruido. Lo pasaríamos muy bien. Además, los críos hace tiempo que no se ven. Álex la miró brevemente de soslayo.

Algo más de tiempo para una lo haría menos duro, es verdad, dijo Mónica de improviso con la vista clavada en la mesa. Pero no es suficiente, al menos no para mí. Sé que soy afortunada; no me sucede nada realmente grave. No sé, nunca pensé, no sabía, no era esto lo que yo… En ese instante miró a Javier con los ojos húmedos: ¿Dónde quedo yo?, ¿qué hay de mí?, ¿qué queda de nosotros dos? Suspiró brevemente. Perdonad, voy a salir cinco minutos.

 Álex se incorporó detrás de Mónica: Yo también necesito que me dé el aire. Este sitio es horroroso.

 Susana y Javier los siguieron con la mirada. Se encendieron las luces en el interior del local: una luz amarilla, quizás excesivamente cálida. No dijeron nada más, apenas se miraron con una media sonrisa, y a los pocos segundos se levantaron y salieron.

 Fuera, ya había anochecido.


Cuento incluido en el libro de relatos "Casi extintos. Casi eternos".


martes, 16 de marzo de 2021

Mutaciones


 

Mutaciones

 

Qué tonta es esta alegría

que encuentro ya por la tarde,

¡si yo era gris y cobarde

al despertar este día!;

es que yo no comprendía

mi veleidad misteriosa,

mis cambios de negro a rosa

desde la mañana cálida

(nuestra sábana y crisálida)

hasta la noche sinuosa.


David Sánchez-Valverde Montero


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