viernes, 21 de enero de 2022

El mal

 


El mal 

“El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”.

Beethoven

El mal

 

Moviendo sus manitas cuando ni siquiera sabía que era él quien las movía, devorando el mundo, dejándose vivir, rodeado de almohadones tumbado en nuestra cama de matrimonio. Sus pasos mínimos sobre el parquet del pasillo: se asoma por el hueco de la puerta de la cocina para descubrir qué estamos cenando, por puro impulso de curiosidad insaciable, la línea de sus ojos diáfanos apenas supera la altura de la mesa, sus pequeños dedos a los lados de la cabecita. Una carcajada infinita, la alegría sin aristas de un alma infantil, mucho más disponible para la vida que mi alma adulta.

Ahora es un niño mayor, su rostro de bebé se ha difuminado. Lo veo jugando en el parque, libre, confiado, su cuerpo no pesa en medio del verano eterno que todos llevamos dentro. Después casi un adolescente, y en su cara, en sus gestos, comienza a atisbarse el adulto que será. Ya no se ríe tan a menudo. Se coloca orgulloso a mi lado, casi me ha alcanzado, sonríe delante del espejo. Después lo veo desparramado en el sofá, tan grande, tan largo e inabarcable que cuesta creerlo, ya no me cabe en un abrazo: ¿dónde duermen aquellos minúsculos pies de terciopelo?

Veintisiete años; su último cumpleaños. Un hombre desde hace tiempo. Qué pocas veces le dije que lo quería, qué pocas veces lo abracé. Cuánto daría por escuchar su voz al otro lado del teléfono, aunque fuera como casi siempre para no decir nada, porque no era necesario, porque él ya lo sabía. Pero hoy si pudiera, una última vez, sí se lo diría, aunque no hiciera falta, aunque él ya lo supiese.

 

 

                                ************************************

 

 

Dos figuras frente a frente en una oscura habitación, solo iluminada por el círculo de luz cenital de un foco que pende del techo, un amarillo que apenas delimita a los dos hombres. Uno de pie parece esperar, su camisa clara con los puños remangados, oscurecida por un sudor seco y manchas marrones como cicatrices. Observa con la cabeza baja hacia el otro, que está sentado, más bien desparramado en la silla, inerte, con los brazos cruzados tras el respaldo.

Bueno, por fin has despertado malnacido. Pensé que me había pasado con los últimos golpes; pero un poco de agua fría espabila a cualquiera ¿eh?

El que está sentado levanta la cabeza lentamente, escupe una saliva sanguinolenta hacia el otro pero no lo alcanza, queda a medio camino, disuelta ya entre el agua que moja el suelo. Cerca, un sucio cubo de plástico rueda un poco hacia la oscuridad.

¿Qué vas a hacer conmigo?, masculla el de la silla.

Los dientes que has perdido ya no te harán falta. Ese ojo tiene mala pinta; se hinchan como globos a la mínima, y las cejas sangran muchísimo. Ahora sí que pareces el cerdo que eres, dice el hombre que está de pie. Camina un poco sin apenas intención, se masajea los puños, en sus nudillos se adivina una sangre seca, después lo hace también con el cuello y los hombros. Ahora sale del foco de luz y solo se ve al hombre de la silla, que apenas se mueve.

¡Maldito loco! ¿¡Qué quieres de mí!?, chilla el que está sentado con una desesperación que también parece miedo.

No grites, dice tranquilamente una voz desde la oscuridad. He tomado precauciones: el garaje está bien aislado. Es difícil que alguien te oiga antes de que todo acabe para ti.

El otro comienza a llorar con un gimoteo creciente. El eco de sus estertores rebota en las paredes, por momentos parece reír, mueve la cabeza hacia los lados; por fin, suspira amargamente y se detiene.

Podemos arreglarlo… ¿Quién eres tú?, pregunta con suavidad.

Sabes bien quién soy yo. Y no, no podemos arreglarlo, dice la voz del otro con aplomo y su figura aparece de nuevo bajo el foco. Entonces, se coloca a su espalda y le estira de la cabeza hacia atrás agarrándolo del pelo.

¡Aggghhh!, grita de dolor el de la silla.

¿De qué maldito agujero sale la escoria como tú?, le pregunta como paladeando cada letra el que está de pie, mirándole a unos ojos cegados por la luz que cae de arriba.

No quería darle tan fuerte. Había tenido mal día sabes, y estaba algo bebido. De verdad, yo no quería…, arguye el hombre de la silla con dificultad.

El que está de pie camina de nuevo fuera de la luz, pero antes suelta la cabeza del otro. Esta cae con brusquedad, debajo su camiseta oscura está saturada por una capa grasa que será agua, sudor y sangre.

¿No querías darle el primero o el último golpe? ¿Porque fue más de uno, verdad? Mi hijo solo te pidió que no insultases a aquel anciano en el autobús. Ahora está muerto, dice con serenidad la voz desde las sombras.

Vale. Fue como dices, concede el otro. Pero si me matas… ¿qué es lo que te diferencia de mí?

El hombre se hace visible por detrás de la silla y se aproxima a la oreja del que está sentado: No quiero ser mejor que tú, susurra. Solo aspiro a restablecer un poco el equilibrio, a repartir el dolor, la mierda en este mundo, hacer mi justicia, vengarme de ti y de la vida. ¿Lo comprendes?

El que está sentado comienza a agitarse, como si quisiera escapar de su desolación, intenta patalear pero sus pies también están atados, grita con todas sus fuerzas, gime con impotencia, cae al suelo de espaldas sobre la silla entre alaridos y arrebatos estériles, su cara es la de un loco furioso, enrojecida, sangrante y húmeda, los ojos ya no ven, casi fuera de las órbitas: ¡Suéltame! ¡Te mataré! ¡Eres igual de cobarde que tu hijo! ¡Tenías que haber visto su cara mientras le daba!, ¡una y otra vez, una y otra vez! Quería ser un héroe el muy imbécil. ¡Pues ahora ya lo es, y está…!

No puede seguir hablando. Las manos del otro emergen de la oscuridad y levantan la silla del suelo desde atrás, para después rodear su cuello con una cuerda fina. La silla se inclina otra vez a punto de caer, hacia atrás, a los lados, pero no, el que está de pie la contiene mientras estrangula al otro. Así, en medio de la lucha van desplazándose juntos, casi imperceptiblemente, fuera del halo amarillo. Las respiraciones forzadas de ambos se confunden por momentos, la de uno por el esfuerzo de matar, la del otro por seguir vivo entre la asfixia que ya le nubla los ojos. En ese instante algo cae al suelo, rebota y queda quieto en medio del círculo de luz. La lucha ha parado. El de la silla inspira ruidosamente y tose un poco, mientras el otro lo deja caer hacia un lado y recoge su teléfono móvil del suelo.

Por suerte para ti no se ha roto, dice con expresión severa mirando la pantalla encendida. Si hubiera perdido la mejor foto que tengo de él, tu final hubiera sido más… más doloroso.

El otro hombre no contesta. Agotado, en una especie de postración, yace de lado amarrado a la silla. La pantalla con la imagen del hijo permanece iluminada unos segundos más y finalmente se apaga. El hombre sigue con la mirada fija, perdida en ese fondo negro. Cae de rodillas, apoya una mano por delante, con la otra aún sostiene el móvil; comienza a llorar, primero es un sonido agudo casi inaudible que parece llegar desde muy lejos, al poco un gigantesco lamento entre el tormento líquido. El eco entrega un llanto que desgarra el aire, tan amargo como si estuviera llorando el mundo.

Unos minutos después suspira pesadamente un par de veces y se hace el silencio. Levanta el teléfono hasta sus ojos, lo enciende y la foto reaparece de nuevo; se levanta, se aleja del foco de luz pero su rostro se ve todavía levemente iluminado por el reflejo de la pantalla. Sonríe un poco a través de las lágrimas y marca unos números. Su voz parece la de otro hombre: ¿Policía? Necesito que vengan a mi casa.


David Sánchez-Valverde Montero. Relato perteneciente a la antología "Casi extintos. Casi eternos".

Fotografía: Iñaki Mendivi Armendáriz.

 

 

 

 

 

 

jueves, 13 de enero de 2022

Vértigo

 




Vértigo


“Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo”.

J. L. Borges (Funes el memorioso)

Vértigo

 

Nada más despertar, detesté mi vida durante unos segundos como hacía casi todas las mañanas. Qué sé yo, los bajos niveles de cierta química cerebral a primera hora, la injusticia del mundo, el cuerpo que en la quinta década de vida se queja a menudo del peso del existir. Observé a mi lado la tibia belleza de mi mujer dormida, desnuda sobre el lecho, apacible, indefensa, poderosa. Acababa de tumbarse tras su turno de noche. Yo por mi parte, disfrutaba de una semana de asueto, combinada con el escenario de padre sin hijos, ya que los abuelos se habían animado a llevárselos cinco días a un apartamento en la montaña. Así que disponía de más tiempo del habitual para pensar, lo cual no era necesariamente positivo.

En cualquier caso, me dirigí tras desayunar, igual que hacía todos los jueves, al seminario de Historia Clásica que se impartía en un centro cultural cercano. Debía de estar fuertemente subvencionado ya que el precio por asistir era irrisorio, y a mí me compensaba con creces, es más, por aquella época yo diría que daba sentido a mis días, una especie de emoción difusa, sin objeto, una espera de incertidumbre dulce. El cielo estaba velado por una nubosidad fina que traslucía el azul por pequeñas grietas. No había muchos transeúntes, y los pocos que vi caminaban distraídos, oyendo música con los oídos obturados o con la mirada fija en pantallas digitales. Solo alguna pareja de edad avanzada caminaba sin más aditivo que sus cuerpos. Pensé como otras veces, que ya únicamente los viejos sabían estar en el mundo, solo estar.

Por fin, entré en el local, una gigantesca mole gris que parecía querer saciar las necesidades culturales de medio planeta. Accedí al primer piso donde había una pequeña sala de reuniones y me senté en las últimas filas, todo lo a resguardo posible de las miradas de los presentes y de interpelaciones directas por parte de la ponente. Las hileras de sillas de plástico naranja que me rodeaban, me trajeron la imagen del interior de un avión esperando el despegue. No había más de cincuenta plazas, así que prácticamente siempre se llenaba. Yo acudía temprano, e iba observando a los asistentes entrar y tomar asiento, y sobre todo, acompañaba con la mirada los pasos de la experta hasta que se posaba delicadamente sobre la silla y cruzaba seguidamente las piernas. Ese día, estoy seguro, las vestía con unas medias deliciosas, oscuras y adornadas con grabados florales. Esta mujer, a la que yo le calculaba unos treinta y cinco años de edad, gustaba de sentarse delante de la mesa escritorio para según ella romper la distancia y mostrarse más accesible. Como todos los jueves, la diáfana exposición iba desenredándose durante las aproximadamente dos horas que duraba. A veces persas, otras griegos, fenicios, romanos, cartagineses, tribus bárbaras… y quién sabe qué otras sombras de la historia iban a lomos de aquella voz, datos que no duraban apenas unos instantes en mi consciencia, pero que veía manar generosamente de sus labios y estallar en mi deseo. Así era, tenía la mejor boca en reposo que he visto jamás. Cuando la movía seguía siendo bella, pero cuando callaba, escuchando atenta alguna pregunta o dando tiempo a los allí presentes a asimilar lo expuesto, dejaba los labios entreabiertos, posados sobre una espera mágica, entre lasciva y serena. Era siempre su boca.

Al finalizar la charla, fantaseé como hacía siempre con la posibilidad de abordarla y decirle algo, intentar conocerla, yo qué sé. Nunca lo hacía. La culpa y sobre todo el miedo siempre me lastran en estos avatares; el miedo a salir de mi área de confort, a perderlo todo, a sufrir un cambio violento que fracture mi cordura. Ella se despedía con suavidad de todos, emplazándonos al jueves siguiente, y al pasar delante de mí exhibía una leve sonrisa tras la cual asomaban unos dientes pequeños, sanos y bien dibujados. Entonces, me apropiaba con un egoísmo infantil de aquel gesto, como si solo fuera dirigido a mi persona. Y con eso había de bastarme hasta la semana siguiente, cuando volviera a verla.

Enfilé el camino a un Café cercano, no sin antes hacer la parada habitual frente al escaparate de una tienda de motos que había en el trayecto. Acerqué mis ojos al amplio cristal, una fina pero insalvable lámina que me separaba de ella: una moto negra y naranja reluciente, que no era de primera mano ni de alta gama, una bella máquina que no podría alejarme demasiado de mi mundo, pero quizá sí lo suficiente, lo suficiente para transfigurarse en un joven caballo, un animal indómito que insuflase en mí un halo fugaz de libertad, que aplastase siquiera por un momento, la rutina. Dejé al corcel negro y naranja atrás con un forzado gesto de desapego, e intenté anclarme al presente. Así que dejé caer un pie tras otro, procurando sentir la pisada, el contacto con el suelo. Me crucé entonces con una pareja joven que empujaba un carrito de bebé. Ella hablaba alegremente. Él asentía a intervalos regulares, y me dirigió una sonrisa de autocomplacencia que no lograba reprimir del todo la tristeza difusa de la decepción. Pensé que nadie sabe realmente nada de los demás y que tal vez fuera mi forma de mirar; los dejé atrás e intenté perderme entre la gente abrazando todo el olvido del que fui capaz.

Ya en el Café, mientras observaba algo embotado la delicada ascensión del aire caliente que emanaba de la taza, escuché una canción. No una cualquiera, sino esa canción. Una secuencia de notas musicales que a otro no lo moverían a emoción alguna, pero que trastornaban mi alma, la hacían vibrar en toda su longitud como una cuerda de arpa. Una página en una novela, unas líneas de poesía, una canción inesperada, y pasamos del hastío al latido, de la tristeza a una lágrima de alegría, del abismo al cielo abierto. Comprobé una vez más cuántas veces me rescataban las artes, y cuántas veces sin saberlo yo siquiera. En esa tesitura metafísica estaba yo cuando mis ojos se posaron en la camarera, solo un instante antes de que los suyos se fijaran en mí. Un vértigo descomunal me empujó de la silla, sentí el peso de mi cuerpo sobre la muñeca derecha al caer. Entonces, una náusea que arrancaba desde la nuca me postró contra un suelo que se transfiguraba por momentos en una visión alucinada: la camarera reía junto a mí en la barra de otro local; solapándose a esta imagen, desplazándola por completo, mi mano acariciaba la suya en la oscuridad de una sala de cine, después su cuerpo cálido se frotaba sobre el mío encima de un colchón que rechinaba; luego me gritaba algo inaudible y se alejaba de mí con lágrimas en los ojos.

¿Se encuentra bien? Levanté la mirada y ahí estaba ella, agachada sobre mí con semblante pálido y asustado.

Se cayó de la silla hace un momento. ¿Quiere que llame a Urgencias o a su casa?, dijo la camarera (Todo se recompuso, el suelo parecía sólido, la náusea se había disipado).

No. No; gracias. Parece que me he mareado. Me ayudó a incorporarme y todavía me seguía con la mirada cuando salí bruscamente de la cafetería y me alejaba confuso hacia mi casa. 

Mi fragilidad, la locura y su acecho sin descanso. ¿Era una alucinación?, ¿el comienzo de algún desorden mental? Decidí esperar por el momento pues conseguí aquietar algo mi mente en el trayecto a casa. Tras una comida frugal y comprobar que mi mujer seguía durmiendo, encendí el televisor para intentar distraerme un poco: una especie de magazine emitía pequeños reportajes, que bajo un prisma claramente amarillista repasaba diversas realidades de actualidad en el país. En aquel momento, una madre con semblante macilento y triste describía su cruda realidad: tres hijos, separada, sin ingresos, un exmarido que al parecer tampoco podía auxiliarla económicamente…, un drama terrible, poliédrico, pero que con una sola de sus imágenes consiguió traspasar mi apatía. Cuando la mujer, entre todas las cotidianas desgracias que esbozó, relató cómo sus hijos tenían que ir a la escuela con un calzado penoso e indigno, mi emoción se fracturó. Después, la pobre desgraciada al borde del llanto, apostilló que en los días de lluvia los pies de sus hijos se mojaban sin remedio, y este detalle, acompañando a la inmediata empatía que sentí al imaginar a mis propios hijos en igual situación, sacudió mi corazón. Las lágrimas no tardaron en aparecer. Así que sollocé en silencio unos segundos. Apagué el aparato. Me quedé ensimismado pensando en cómo era posible que siempre consiguiera seguir eficazmente con mi vida, poco tiempo después de contemplar desgracias ajenas de dimensiones ciclópeas. Me consolé como siempre de la única manera que sé, la única que aplaca un poco mi impotencia: con la insolencia y el orgullo de seguir aquí sin haber perdido la cabeza. Coraje para vivir. Me repetía este mantra; toda la gente necesita alguno para continuar. Hacía tiempo que estaba convencido de que los humanos no teníamos remedio, pero vivir como si lo tuviéramos era la única forma que se me antojaba para poder continuar el viaje sin claudicar.

Mi mujer me encontró somnoliento ante la televisión encendida a la que ya no prestaba atención. Su figura menuda pasó por delante y se acurrucó a mi lado sin decir nada. Traía consigo el olor del sueño y un calor en la piel que se desvanecía con rapidez. A su contacto, apareció abruptamente el vértigo y la misma náusea. Esta vez me asusté más, pues ocurría entre las paredes en que vivía, las mismas que me protegían del mundo. La familiar estancia parecía diluirse, y de nuevo una atropellada secuencia de imágenes que ocupaban casi todo el espacio visual, dejando solo en los márgenes resquicios evanescentes de nuestro cuarto de estar: nuestros hijos, ya adultos, celebraban algo con nosotros, y nosotros no éramos tan jóvenes, la mano de mi esposa sobre la mía y su sonrisa de siempre pero algo más gastada; después en otra ciudad ella y yo, relajados, caminábamos por callejones luminosos, atravesando plazas con palomas al vuelo; en la última visión estaba ella mirando a través de la ventana de la cocina. Lloraba sin consuelo.

¿Estás bien? ¿Qué te pasa? Estaba realmente asustada. Sus brazos me sacudían repetidamente desde los hombros, y me miraba tan de cerca que descubrí un matiz diferente en el verde de sus ojos, una veta brillante en la que nunca me había fijado.

Sí; sí. Creo que ha sido solo un mareo, tal vez una bajada de tensión. Saldré a dar un paseo y tomar un poco el aire, acerté a decir. Me miró todavía con un temor impotente.

No creo que debas salir así, tienes que descansar un poco. Pero yo ya iba en dirección a la puerta y sus palabras se desvanecían en el pasillo tras mis pasos.

Salí a la calle. Serían alrededor de las ocho de la tarde y ya había anochecido. El otoño era vencido otra vez por los primeros rigores del invierno, y sentí bajo la camisa un leve escalofrío. La ciudad languidecía al final de otra jornada, las gentes llevaban sus cuerpos de vuelta a los hogares, algunos sonreían recordando una alegría furtiva, tal vez inconfesable, otros miraban al suelo domesticando un nuevo desaliento, haciéndolo manejable, soportable. Comenzó a dolerme atrozmente tras uno de los ojos, tanto que tuve que apoyarme en una pared y después echar una rodilla al suelo mientras me presionaba la cara inútilmente. Noté una mano sobre el hombro. Al girarme descubrí a un mozo de almacén que trabajaba en un supermercado cercano y con el que apenas había intercambiado algunas palabras de cortesía.

¿Va todo bien?, preguntó. Todavía llevaba la ropa de trabajo y olía a sudor y tabaco.

Me dispuse a contestar pero no podía articular palabra. Su ancha mano pesaba enormemente sobre mí y de repente asomó la náusea. Todo comenzó a dar vueltas y nos vi a ambos riendo con ganas junto a la barra de un bar; luego lo veía de espaldas trajinando en una barbacoa sobre un césped y acercándose sonriente después hacia mí para echar su brazo sobre mis hombros. La última imagen que lo ocupó todo salvo unos finos márgenes que parecían derretirse, nos situaba a ambos en el salón de mi casa, relajados, junto a dos mujeres que no conocía, mientras dos niños que nunca había visto jugaban en el suelo. Finalmente apartó la mano de mí y con un enorme esfuerzo pude contestar: Sí; gracias. Me he mareado.

¿Estás seguro? Escuché ya a mis espaldas, pues intentaba salir de allí para ordenar mis ideas en algún lugar tranquilo. Solo conseguí doblar la esquina más cercana, pues la presión tras el ojo izquierdo regresó con más intensidad tras la tregua alucinatoria y me postró nuevamente de rodillas. Otra vez una mano, pero esta más ligera y pequeña, me cogió del brazo. Me dispuse a encajar el vértigo que vendría pero nada sucedió, y el dolor ocular comenzó a ceder hasta disiparse por completo. Mi mujer me miraba desencajada, todo lo asustada que podía estar, tan pálida que brillaba en la noche. Nadie más transitaba entonces a nuestro alrededor, y nos vi como a dos actores en la escena cumbre de una tragedia.

¡Háblame!, gritó. Voy a pedir ayuda…

No hace falta. Estoy bien, susurré. ¿Sabes? Todo acabará en lágrimas.

¿Qué dices amor?, preguntó ya algo recompuesta.

Creo que no estoy loco: hay otras vidas, las he visto. En esta, junto a mí, tú acabarás llorando.

Puede ser. Pero no hoy, dijo a través de un amor que me pareció inundaba la calle, todas las calles, la ciudad entera, todos los posibles recovecos, las casi infinitas posibilidades. Miró al suelo para enjugarse las incipientes lágrimas. Después, sus ojos me sostuvieron y me llevaron de vuelta a casa.


David Sánchez-Valverde Montero

Cuento perteneciente al libro de relatos "Casi extintos. Casi eternos".

 

 

 

 

 

miércoles, 17 de noviembre de 2021

El bien


 

El bien

“… el verdadero enigma de la vida se manifiesta por el hecho de que, a pesar de todo, la bondad exista.” (Ricardo Menéndez Salmón. No entres dócilmente en esa noche quieta)

            Un pavoroso escalofrío, un destello de lucidez aterradora, me traspasó cuando esa conjetura extraña se posó en mí. ¿Y si el mal no fuera una anomalía? ¿Podría ser en cambio un eje vertebrador, el ímpetu preponderante, la norma, la trama, algo que casi siempre mora en el corazón de lo humano?

Entonces el bien sería una suerte de prodigio, una deslumbrante excepción; la bondad como una joya cara, planta exótica, fulgor huidizo, ilógica pulsión. Y es que el bien cuando irrumpe en su genuino valor, no espera nada, nada pide, acontece sin más, y su paso deja un aura de brillo irreductible, cegador por un instante: portento leve y poderoso, como el agua clara.   


David Sánchez-Valverde Montero

viernes, 12 de noviembre de 2021

Máscaras

 


Máscaras

 

Se desprende lentamente…

y su viscosidad indolora

abandona ya el rostro.

La máscara cae…

Ser como uno es,

exponer el dolor,

compartir los deseos,

tedios, sueños y ruinas.

 

Mostrar así el rechazo,

las ganas de no hacer,

el desaliento de plomo,

las heridas en las alas

y el ocaso en los ojos.

Un acto sin vehemencia,

honesto, vulnerable,

valiente, desesperado.

 

¿Qué ocurrirá entonces?

¿Dime cuál es tu sospecha?

Acudirían con premura

la incomprensión y el dolor,

reproches, lágrimas, distancia;

la negrura de mil noches.

Un cierto miedo sin límites,

sin contornos

ni nombre.  


David Sánchez-Valverde Montero


sábado, 23 de octubre de 2021

El túnel ámbar


 

El túnel ámbar

“¿Alguien ha supuesto que es venturoso nacer? Me apresuro a informarle de que es tan afortunado como morir, y sé lo que me digo”.

Walt Whitman (Canto de mí mismo)


El túnel ámbar

 

Me dispongo a dejar estas líneas en papel, pues constituyen un legado que dudo que mis hijos resguarden. Tal vez lo transmitan (más bien lo comenten) en alguna ocasión informal, una reunión entre amigos o familiares, mayormente como motivo de broma o curiosidad, probablemente como el conjunto de desvaríos de un viejo. No me creen, nunca lo han hecho; pero no los culpo: este es un mundo sin dioses atestado de ciegos y sordos. Además, estoy casi seguro de que cada experiencia vital es casi intransferible; un esfuerzo generoso de empatía puede acercarnos el pulso de lo acontecido a otros, pero poco más.

Lo primero que siempre se dibuja en mi mente es una sensación poderosa: el calor en la mano de mi anterior esposa y compañera; lo poco que latía con fuerza en aquel escenario aséptico. Mis tres hijos de aquel tiempo iban y venían, mirándome siempre con mezcla de impotencia y pena, compartiendo torpemente conmigo al igual que la mayoría de las visitas, frases aprendidas, lugares comunes, rellenos forzados para espantar al siempre retornado silencio. Pero mi mujer no necesitaba nada de esto. Había aprendido a estar, solo a estar y ser a mi lado, desde hacía tanto que no sabría yo precisarlo. Me hablaba a ratos, sí, pero sus silencios decían mucho más: levantaban del suelo herido del presente polvo de recuerdos, de amor destilado por los años, soslayaban siquiera un poco la tiranía del tiempo en aquella blanca habitación de hospital, en la que todo se había detenido y condensado.

Yo era un viejo esperando en un muelle: la mortecina luz de la barca de Caronte no se adivinaba todavía entre la neblina, pero ya intuía que no se demoraría mucho más. Esta vez la parca paseaba inquieta a mi lado, no ya como algo anónimo que acontece a los otros, sino en forma presente, cercana, inaplazable. Sabía que no quedaba mucho, pues ya no me restaba nada por hacer, y sobre todo, el miedo casi constante que como una sustancia viscosa se adhería a mí desde hacía meses, se había casi desvanecido, siendo desplazado por una infantil curiosidad por lo que pudiera acontecer tras la muerte, cuando cayera el telón. Quizás hubiera respuestas o tal vez ninguna en absoluto; para el caso era lo mismo, si uno lo meditaba lo suficiente.

Recuerdo que en los últimos momentos, cuando todavía atesoraba una mínima lucidez pero ya empezaba a faltarme el aliento, nos encontrábamos solos mi mujer y yo:

¿Necesitas algo, corazón?, preguntó generosa al igual que si estuviéramos a solas en una playa infinita. La miré como a través de una fina tela gris que no me impedía observar las arrugas que lastraban su rostro; las mismas que no habían vencido ni a su voz ni a su mirada, los recónditos fulgores de la mujer que latía bajo la vejez. Ella también sabía que mi partida estaba cerca, pero la aceptación era una de sus virtudes, y no me abandonaría hasta el final.

Si puedes, no me sueltes ahora…, creo que alcancé a susurrar. Entonces, sus ojos se saturaron de lágrimas que intentó en vano contener, y mientras mi mirada descendía por su cara siguiendo el surco líquido del dolor, el espacio se fundió a negro con suavidad.

No sabría precisar el tiempo, a lo más mi experiencia temporal subjetiva, pues las referencias, la sucesión lógica, los espacios familiares y cotidianos, se desintegraron. Desde luego, no se trató de un tránsito largo, un puñado de minutos como mucho. Lo que considero que era mi consciencia, despertó nuevamente, avanzando con lentitud por lo que parecía un corredor de paredes anaranjadas, casi translúcidas, que despedían reflejos ambarinos al incidirles una luz remota y leve que parecía emanar del final del túnel. Mi primer movimiento fue comprobar la presencia de mi cuerpo, pero no hallé ni siquiera unos frágiles dedos con los que tocarme la cara, solo el espacio vacío donde deberían ubicarse. Mientras, el impulso leve pero incontenible continuó arrastrándome. Intenté abarcar más espacio en mi campo de visión, pero era muy limitado, apenas lo que discurría frente a mí y pequeños ángulos de movimiento visual en derredor y siempre hacia adelante, resultándome imposible mirar atrás. Supongo que ahí quedaría la oscuridad de mi mundo ya extinto. Poco a poco, embargado por ese sutil misterio hecho movimiento, en lo que supuse era el final de esta especie de galería, la luz se fue expandiendo hasta abrazarlo todo, anulando casi por completo el ámbar de las paredes, fundiendo el espacio a blanco esta vez.

Y entonces… voces superpuestas, ininteligibles para mí, otra luz pero esta diferente, cegadora, nuevos contornos, sombras, el roce, contacto nuevamente pues había piel, había cuerpo, y sentía frío, mucho frío… Y esto lo recuerdo bien: un gemido animal, un escalofrío, y el inequívoco despertar del llanto de un recién nacido.

Todo esto que relato ahora con cierta soltura rebasados largamente los sesenta años, empezó a filtrarse en mis recuerdos en plena adolescencia. Le he dado muchas vueltas, pero la razón no puede alcanzar las estrellas, y mis intentos por configurar una explicación lógica, aceptable y posible, son arriesgados y frágiles: tras un accidente en bicicleta cuando tendría yo alrededor de dieciséis años, creo que se rompió algo más que mi clavícula y mi muñeca. En mi lance de juventud, con ese aura inmortal, esa atracción por el riesgo, me fue imposible dar una curva pronunciada, y antes que en el asfalto, me dio tiempo a decantarme por caer en un campo sembrado. Creo que no llegué a perder el conocimiento, y tras unos segundos me incorporé, algo roto y magullado, levemente conmocionado, pero vivo. Las lesiones físicas cicatrizaron pronto, pero algo comenzó a esbozarse en mi memoria, en el relato de uno mismo que todos llevamos dentro. Primero se fue depositando en forma de sueños deslavazados, después como inesperadas sincronías y ocasionales revelaciones que se abrían paso ya de manera más sólida, imponiéndose con rotundidad, vívidamente, dispuestas a enraizarse en mi interior.

En fin, creo haber llevado una buena vida. Mi compañera no ha llegado a cansarse demasiado de mí, y mis dos hijos parecen quererme. Estoy seguro (todo lo que un humano puede estarlo) de que regresaré al ámbar. He intentado comunicar esta confianza a mi mujer, la cual dice creerme, aunque pienso que nunca ha precisado de mis iluminaciones para poder vivir. Mis hijos viven en un mundo que se me escapa, rodeados de gestos crispados, imágenes continuas y reclamos sin descanso. Sospecho que no me creen, aunque he procurado legarles esta serenidad, este aliento de calma con la que aplacar el miedo y la angustia, mi casi certeza de que los límites son fluidos, que el sentido se nos esconde, pero está ahí, muy cerca, que tal vez sea juego y sueño, aunque el mundo siempre esté en llamas.

De vez en cuando, siempre en fin de semana, mi hijo mayor se pasa a vernos. Recuerdo un día que me miraba con gravedad. Habíamos comido y un sutil sopor adormecía nuestros cuerpos. Sus ojos me escrutaban a través de la cortina luminosa que el sol filtraba por la ventana en una hora crepuscular. El tiempo se entretenía haciendo levitar las partículas de polvo en el casi ingrávido haz de luz: uno de esos instantes fantásticos en los que se intuye que se es eterno. Creo que él adivinaba que yo estaba pensando en el ámbar; sospeché que al menos en algunos raros momentos mi hijo dudaba.

Papá... muy a menudo tengo miedo… Se echó a llorar de forma incontenible justo al soltar la última sílaba, y su dolor me golpeó de lleno casi seguidamente, con una sacudida de malestar que se parecía a la culpa; que era culpa. Entonces, pensé en mi hija: ella era más alegre, más impermeable, más inconsciente; más feliz. Arrojados al mundo y al tiempo sin recordar casi nada: tan poco tiempo para aprender a vivir, para aprender a morir. Miraba él hacia abajo avergonzado, seguía sollozando pero ahora casi en silencio, pues solo quedaban ya en su alma algunos posos de dolor.

Debo parecer un idiota. Suspiró largamente. Es que cada vez con más frecuencia una angustia intensa me paraliza. El absurdo y la ansiedad me desbordan.

Empujé con el codo una pequeña vasija de arcilla hecha por mi esposa, en la que atesoraba mis canicas de la infancia. Rodó por el suelo mientras su contenido esférico tintineaba sobre el parquet, perdiéndose entre los pies de mi hijo y más allá, bajo las sombras de la mesa.

¿Me echas una mano? No ando bien de la vista últimamente.

El dolor pareció ausentarse por un momento de su cara mientras se arrodillaba junto a mí. Las viejas canicas iban restallando de vuelta en el pequeño cuenco. Así, tras unos segundos de atención y posturas algo forzadas volvimos a nuestros asientos. Él inspiró y soltó el aire sin hacer ruido. Le observé con calma ahora yo.

El sentido…, comencé. El sentido es aprender a estar para algún día saber ser, solo ser, y recoger las canicas con atención cuando estas se caigan, todas las veces que lo hagan, una y otra vez, pues intuyo que en buena parte no dependen en absoluto de nosotros. ¿Quieres que las vuelva a tirar?

No hace falta papá… Por fin sonreía. ¿Puedes contarme otra vez la historia del túnel?

Su madre apareció en el salón y se sentó a mi lado. Sus dedos entrelazados con los míos me trajeron de nuevo a la mente aquel hospital, junto a esa otra mujer, en contacto con el mismo calor.

El ámbar…, susurré. Yo era un viejo esperando en un muelle…



David Sánchez-Valverde Montero (Del libro de relatos "Casi extintos. Casi eternos". Ed. Amaniel 2019)

 

 

 

 

 

 

jueves, 23 de septiembre de 2021

Nada escapa a las Furias

 


A Hesíodo y sus Titanes, a Homero, a Helena, Aquiles y Héctor; donde todo empezó…

 

Nada escapa a las Furias


     Supe que el final estaba cerca. Al menos para mí en este mundo. Pero confiaba en que el pueblo lograse huir antes de que los aqueos arrasaran la ciudad o que en un impulso de piedad concediesen a Troya una derrota honorable. Pero mi corazón vacilaba por momentos y se hundía aterrado bajo la coraza de bronce: la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo, ya se habría desatado, y yo conocía bien las ambiciones de Agamenón como para esperar clemencia.

Me hallaba sentado al borde del lecho. Mi amada Andrómaca estaría amamantando al niño abajo en las cocinas. Decía que el ruido de las cráteras, los cucharones, las copas, los calderos… y la mezcla de olores de especias traídas desde más allá de Babilonia, tranquilizaban a nuestro hijo Astianacte. La vi reclinada sobre el niño, los escasos rayos de luz que se filtraban desde los patios inferiores haciendo de oro sus cabellos, la piel algo gris, el gesto cansado pero colmado de amor… Me miré entonces las manos. Las manos de un príncipe troyano: Héctor, el domador de caballos. Endurecidas tras diez años de lucha al otro lado de las murallas, desvaídas hebras de suciedad en la piel, tal vez sangre, propia o ajena. La noche anterior había caído rendido en el lecho, me sentí incapaz de sacarme la armadura, siquiera de lavarme, entre la fatiga y las tribulaciones. Apenas dormí: veía entre la bruma a una de las tres Moiras, Átropo, cortando el hilo de mi vida con su ponzoñosa tijera; Láquesis y Cloto la observaban severas. ¿Quién guio mi espada contra el pecho de Patroclo, el amado de Aquiles? ¿Hera, Atenea, el mismísimo Zeus portador de la égida? ¿Quién sostuvo mi mano en esa fatídica hora? No pude esquivar al Destino. Nadie puede.

Menelao es el Rey de Esparta, y jamás perdonará la afrenta de mi hermano Paris. Y aunque Afrodita nublara su juicio y al final lo hiciese, su hermano Agamenón ya nunca soltará su presa, la ocasión de someter a Troya y controlar los codiciados pasos a Oriente. Ya poco importaba; Aquiles, el de los pies ligeros, estaría entonces armándose y libando su furia, destilándola, concentrándola en el punto en que la mano cierra contra la espada. Me incorporé; no había tiempo para un baño, pero sí para derramar sobre mi cabeza un poco de agua tibia que en su huida acariciase mi pelo, los párpados, mis labios secos, para quedar luego en la batea devolviéndome el reflejo, un rostro movido, evanescente.

Me dirigí seguidamente al salón para comer algo junto a mis padres. Comprobé que Paris y Helena no habían bajado todavía de sus aposentos. Mi madre Hécuba, delgada, consumida por el dolor bajo unas finas telas celestes, se esforzaba en sonreír, en dar entrega de los últimos restos de esperanza que atesoraba; su cara, apenas iluminada por la luz dorada del collar que vistió en su boda. A su lado, presidiendo la mesa rectangular, Príamo, su esposo y mi padre, más viejo que ella, los ojos hundidos sobre la barba cana y espesa. Portaba su corona, en un fútil intento de sostener su majestad herida. Pensé que no nos moriríamos de sed; el río Escamandro se encargaría de ello y los pozos de la ciudad lo aseguraban. Pero ver a su gente pasando hambre mataba poco a poco a mi padre: familias enteras de un pueblo antaño orgulloso, arremolinándose en torno a los carromatos de racionamiento, los niños sucios, descalzos, ancianos abandonados y harapientos. Su mirada casi no podía soportarlo; a pesar de los sacrificios hechos por Apolo y de los incansables rezos a la Diosa del amor.

Apenas hablamos en la mesa ese día. El último día. Mi memoria me acercó entonces aquellos momentos, hace ya una década, en que Paris y la Reina de Esparta cruzaron la muralla por las Puertas Esceas. Marchaban resplandecientes sobre el caballo albo de mi hermano; Helena delante de él con las piernas a un lado, y la multitud se acercaba, fascinada por su belleza casi divina, ella, que sonreía tímida tras los sutiles tirabuzones de fuego que velaban un poco su rostro, dejándose mecer junto a su amor mientras ascendían a Palacio escoltados por la Guardia, siempre bajo una lluvia de pétalos que flotaba en el aire por momentos. Lo recuerdo bien, y no solo por el bello desfile, sino por la punzada de odio que sentí hacia Paris por haber arrastrado la guerra hasta nuestras puertas. Y Casandra, tampoco puedo olvidar a mi desdichada hermana, estremeciéndose, cayendo luego de rodillas a mi lado en el balcón, estirándose del cabello y huyendo hacia el jardín como si el mismo Cerbero la persiguiera.

Pero el odio hacia mi hermano no duró mucho en mi pecho. ¿Quién puede hurtar el designio y capricho de los dioses? ¿Quién puede escapar al Destino? Andrómaca me susurraba algunas mañanas, casi entre sueños, cansada y desesperada: Héctor, abandonemos la ciudad junto a nuestro pequeño. Sabía al igual que yo que no era posible; las Furias nos hubieran perseguido hasta el mismo Hades. Y nos habrían dado caza.

¡Héctor! ¡Héctor! El eco de la voz de Aquiles recorrió los callejones de la ciudad. Llegó hasta mí y me alcanzó. Sabía que el mirmidón apenas podía contener la furia en el pecho. En ese mismo instante estaría mirando hacia las almenas, con sus ojos claros bajo el yelmo crestado de azul, los mechones rubios asomando por detrás; tal vez en su soberbia sedienta y desesperada ni siquiera se habría calado la armadura, su espada oscilando al calor del mediodía. Entonces, mis padres me miraron aterrados pero no dijeron nada, no podían: sabían al igual que yo cuál era mi deber. Toda una vida preparándome para ese momento. Me levanté pues, y a medio camino de nuestra habitación me topé con mi esposa Andrómaca en la escalera; Astianacte, nuestro hijo, yacía dormido, ahíto en sus brazos. Pasé a su lado y me siguió con el niño. Estuvo junto a mí en el instante en que oré a Apolo, a mi lado mientras me ceñía bien la coraza de bronce, vestía las relucientes grebas y me calaba el yelmo con el penacho rojo de crin de caballo. No dijo nada; tampoco podía. Nos abrazamos, el vástago dormido entre nosotros, con pequeños besos descendió ella por mi cuello. No era capaz de mirarme a la cara siquiera. Nos separamos y quedó allí, inmóvil, con sus ojos derramados por el suelo entre una pena infinita.

En Palacio reinaba un silencio extraño, suspendido sobre una espera dolorosa e incómoda. Nadie me salió al paso ni intentó detenerme. La Guardia abría sus lanzas entrecruzadas cuando me veía llegar. Alcancé el exterior. Descendí rápido el tramo que me separaba de las murallas. Algún carro se apartaba y levantaba un polvo seco y amarillento, las voces de niños que correteaban en torno al pozo; y las gentes, mi pueblo acercándose tímidamente, saliendo de sus casas, de los estrechos callejones, para hacer un pasillo a mi alrededor de miradas temerosas, apenadas, pero también sostenidas por un orgullo de piedra. De repente encontré los ojos de mi hermana Casandra entre la multitud. Ella lo sabía; sabía tantas cosas, desde hacía tanto tiempo… Nos despedimos con la mirada.

¡Las puertas!, ordené a la Guardia. Salí por fin a la explanada de arena frente a las murallas de Troya. Ahí estaba el hijo de Tetis, Aquiles, respirando agitado, la boca entreabierta dejando desnudos unos dientes que solo anhelaban venganza, su cuerpo perfecto y armónico, en un equilibrio destinado solo a los semidioses. Su carro yacía caído de lado a su espalda; él mismo lo había guiado, tal había sido su ímpetu. Como yo adiviné, no portaba armadura, tan solo dos cintas de cuero cruzaban su pecho: mi lanza de fresno buscaría en ese lugar su piel. No necesité situar el sol a mi espalda, pues a mediodía caía derecho sobre nuestras cabezas y ni siquiera las sombras nos asistían. Me giré hacia las murallas: los Reyes de Troya, mis padres, me observaban solemnemente. A un lado Paris y Helena miraban hacia abajo; sus hombros parecían pesarles. Justo antes de encarar al griego mi mirada se entrelazó con la de Afrodita, a la que creí ver llorar al lado de mi padre. Ni siquiera los divinos pueden soslayar al Destino… Sentí entonces un miedo intenso, que hormigueó entre mis dedos empujándome casi a dejar caer el escudo. Pero en ese mismo instante escuché la voz de la Diosa del amor en un susurro: Héctor, mi más valiente príncipe, nunca claudica, contra los vientos arremete.

Sin más demora arrojé mi lanza contra Aquiles. Se inclinó hacia adelante y pareció buscarla con el rostro. El proyectil resbaló por su carrillera, marcando el yelmo y erizando unas chispas de fuego que murieron en el aire. Se escuchó un rumor entre las bien dispuestas filas de aqueos que asistían al combate. El griego tiró su yelmo al suelo con ira y en alas de un rugido insoportable se abalanzó sobre mí. Desenvainé y dispuse el escudo. Asestó varios golpes sin descanso sobre él; tan rápidos y terribles que no encontré fuerzas para soltar estocada alguna, pues todo mi ser se agolpaba en el brazo que soportaba el escudo, reteniendo penosamente la furia del héroe, como si intentase casi en vano aguantar cerradas las puertas del Érebo.

Eché la rodilla al suelo y creo que entonces Apolo vino en mi ayuda, pues tras una brisa fresca sentí el empuje renovado en la mano que sostenía la espada. Aprovechando el eco de su último golpe me escurrí hacia su costado y le alcancé de tajo bajo las costillas. El semidios también sangraba; y tal vez pudiese morir… Se miró Aquiles con un gesto de desprecio el corte sangrante que ya teñía su cadera, pero antes de lanzarse otra vez contra mí, suspiró pesadamente y sonrió satisfecho.

¡Al fin un oponente de valía!, vociferó mirando hacia los cielos.

Aún soportaron mis brazos incontables encuentros con su metal, y sudó y sangró también el héroe griego; pero las Moiras ya se encontraban inquietas y su mirada hacía tiempo que estaba en mí fijada. En mi hora postrera, cuando toda la muralla se estremeció y Aquiles venció el bronce bajo mi corazón, los dioses quisieron que pudiera ver en el fondo de los ojos del Pelida, el hilo de su sino, confundido con el mío desde siempre, atrapados ambos al final en un nudo inquebrantable. Aquiles me miró entonces, y su voz era calmada: Gracias troyano. Nos vemos en el Hades…

 

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Astianacte arroja cantos rodados al Aqueronte. Aquí el tiempo no significa nada, y el río no fluye, es el lomo de plata de un león dormido. Oigo un chasquido a mi espalda (¿Será al fin mi Andrómaca amada?): una figura alta y encapuchada, cubierta por un manto gris que solo deja ver las sandalias, se acerca con prisa sin dejar de mirar hacia los lados. No siento miedo; ¿qué puede ya pasarme? Se descubre entonces frente a mí: sé que es Apolo. Aquí abajo no parece un dios; no reluce, no emana poder y sus gestos son los de un hombre asustado.

Saludos, Héctor. Si Hades me descubre en sus dominios montará en cólera y deberé responder ante Zeus, dice rápidamente sin dejar de vigilar su espalda. El niño se ha girado un momento pero sigue feliz a lo suyo.

¿Qué deseáis, mi dios?, pregunto haciendo una reverencia. ¿He dejado algo desatendido en la tierra de los vivos?

No, querido Príncipe de Troya. Solo he venido hasta aquí para decirte que a lo largo de milenios un poeta cantará tus pasos, y tu nombre atravesará el tiempo con no menos ímpetu que el de Aquiles.

¿Es eso cierto?

Tan cierto como que el griego también morará aquí más bien pronto que tarde, contesta el dios.

No deseo gloria. Ya no. Tuve todo lo que anhelé.

Lo sé, Héctor, lo sé.

No puedo reprimir una sonrisa, mientras Apolo mira a su alrededor y se funde con las sombras.



Cuento incluido en Casi extintos. Casi eternos.

Fotografía de Iñaki Mendivi Armendáriz

 

 

 

 

sábado, 21 de agosto de 2021

Esencial

 


Esencial

 

Ventanas al dolor.

El mundo te cerca y somete, te hiere.

El horizonte se oculta tras un espejismo

de humo ardiente y sueños dislocados.

 

¿Este abismo y nada más?

 

¡Vuelve, vuelve a lo esencial!

Regresa rauda, embóscate:

en el vital latido, la respiración,

en esa no acción, este ahora,

y todo lo que entregan tus sentidos.


David Sánchez-Valverde Montero

 

 


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